Opinión | Críticas
Crueldad animal
«Omaha»
Director: Cole Webley.
Guión: Robert Machoian.
Con John Magaro, Molly Belle Wright y Wyatt Solis
A medida que la administración Trump muestra cada vez menos empatía con los ciudadanos, el directo Cole Webley está más orgulloso de su película. "Una historia que tiene que ver con la empatía es política", proclamó en la presentación de "Omaha", que llega a Gijón después de haber sido sensación en Sundance y con muchas papeletas para salir de aquí con el premio del público.
En la pantalla, John Magaro es un padre en un derrumbe existencial. Acaba de enviudar, acaba de quedarse sin casa y apenas le queda dinero, no ya para mantener a sus dos hijos de 9 y 6 años, encarnados por la maravillosa Molly Belle Wright y el pequeño Wyatt Solis, sino para llegar a Nebraska y entregarlos al Estado amparándose en la ley de Refugio Seguro.
El viaje en coche de los tres (el perro también les acompaña buena parte del camino) por los paisajes de la América inmensa es un recorrido al infierno interior de un hombre ante la crueldad de la vida con paradas en los no-lugares de la sociedad occidental sin buscar mucha poética al asunto, sino más bien el absurdo plástico y mísero de los espacios de consumo: el autoservicio, la piscina del motel, la caja del supermercado, el café 24 horas.
Los no-lugares de la red de los cuidados de la sociedad, el centro donde entrega a la mascota y el hospital donde abandona a sus hijos, establecen un paralelismo con los primeros, acentuando el absurdo existencial de una persona que después de haberlo perdido todo se ve obligada a deshacerse de lo único que puede mantenerle a flote, y del propósito de intentar llevar a cabo esa misión de la mejor forma posible.
La película de Cole Webley es consciente del tremendismo por el que se conduce, y aunque no cae en el exhibicionismo del drama, tampoco hay apenas carreteras secundarias que equilibren la tragedia emocional y alivien un poco al espectador. Relato duro, guarda las moralinas, los castigos y los premios para otro tipo de cine. Omaha reserva la poética –poca– para la evocación de la madre ausente y se dedica a documentar con crudeza y poco artificio lo que le pasa por la cabeza –nada, un remordimiento ahogado y constante que le estrangula la voz y la mirada a un sólido John Magaro– a un hombre a punto de ser expulsado del sistema, enfrentado a la crueldad animal de un sistema que traga y escupe con la misma facilidad que el dispensador de papel del lavabo de un gasolinera.
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