Opinión | Notas en la butaca
Celia Viada captura una bella y valiente cartografía del ayer
La cineasta Cristina R. Paz indaga desde la intimidad a viva voz en la pasión por un oficio de tormentas y calmas
La escritora María Luisa Elío volvió a una España que empezaba plano a plano recuperar el color en las imágenes después de tres décadas de exilio en México. Su propósito tal vez era una pérdida de tiempo pero era necesario enfrentarse a él: reencontrarse con un pasado que parecía pasto de las sombras. De las llamas del olvido. Ese olvido que Celia Viada Caso trata de conjurar con una película documental, "Volver a casa tan tarde", que devuelve al presente a través de 10 pequeñas historias las piezas sueltas de la azarosa vida de una mujer (1926-2009) que brilló en las vanguardias artísticas más importantes de mediados del siglo XX, y que convirtió la película "En el balcón vacío" en una indagación de las cicatrices como exiliada. La mujer a la que Gabo dedicó "Cien años de soledad", sin ir más lejos.

"Volver a casa tan tarde" / .
Lejos de refugiarse en la comodidad de una biografía al uso, Viada Caso se toma la experiencia como una aventura. De hecho, así lo agradece en los créditos finales. Una aventura de la tristeza, se podría decir, con un escenario encerrado en la memoria: la casa. Un espacio cerrado que se abre a los ímpetus de recuerdos, quizá condenados a vivir "la misma tarde para siempre". En esa casa donde la niña vivió sus momentos más felices, y también los más amargos: los fantasmas conviven en su interior a modo de vivencias amortajadas por el paso del tiempo ("cuando vuelva a tener ocho años... entonces lo haré mejor...") y que dan pie a momentos tan emotivos y desgarradores como sus intentos por proteger a un fugitivo de los represores (en vano porque siempre hay mala gente chivata y cruel), su despedida de los peluches arropándolos por última vez o ese travelling por el miedo y la destrucción hacia una niña encogida en un pasillo (muertita de miedo). El tiempo: primero hay diez dedos para contarlo, luego se hace fechas, y distancia... "y después se hace corto y después no hay, solo tiempo que pasa".
Cartografía desnuda y valiente de un mundo de espíritus, pérdidas y llantos, la película de Viada es un infatigable curso de recursos visuales y sonoros (texturas, velocidades, colores, formatos...) para desmenuzar una vida que buscó en el teatro olvidarse de sí misma interpretando a otras personas. Los ojazos de la niña María Luisa (como los de Ana Torrent en "El espíritu de la colmena") ocupan la memoria del espectador llenando el balcón de presencias refugiadas en un tiempo que ya pasó y que ahora vuelve entre lágrimas. Furtivas.
"Aunque seamos islas" ilumina vidas y sueños en los faros
"Aunque seamos islas" navega por las aguas del documental más realista con destellos de poesía audiovisual que convierte la belleza de los faros maquillados por cielos de colores intensos y embestidas espumosas en postales desde el filo de la vocación más emocionante. Cristina R. Paz parte de un hecho puntual para aproximarse a un mundo tan poco conocido en sus interioridades como expuesto a la fascinación de quienes solo conocen su fisonomía más tradicional: luces en las costas que con sus movimientos salvadores, figuras en la niebla o crepúsculo.
Una foquista varada en una crisis profesional se lanza a la aventura de dar voz a las últimas fareras para que cuenten su peripecia personal, para que hablen de sus sueños, para que traten de desentrañar los misterios de una vocación que tiene mucho de pasión. Y esa exploración por paisajes externos (la cámara de la cineasta se sirve de ellos para forjar imágenes de una belleza por momentos sobrecogedora, atenta la vista al de San Juan de Nieva) permite que, al final, la pantalla ilumine un retrato íntimo a dos bandas: las historias que se cuentan de viva voz y la historia de quien las convierte en material creativo. Con el hilo conductor de una carta explicativa e inquisitiva de rasgo privado y resonancia universal, la película se dedica en cuerpo y calma a narrar historias condenadas casi siempre a la invisibilidad, y al hacerlo la creación se convierte en una especie de faro que alerta de peligros y guía en las tormentas de la vida. Si "cada faro tiene características propias", tan integrado en la naturaleza que pierde "el artificio humano", la propuesta audiovisual se empeña en encontrar respuestas a "algo mágico" que no tiene a veces una explicación racional. ¿Por qué esas fareras abrazan la soledad sin arrepentimientos ni remilgos? ¿Por qué están convencidas de que "si volvieran a vivir" serían lo mismo? Hay amagos de respuesta que permiten atisbar una verdad: esas estancias vacías llenas de recuerdos, esas miradas al horizonte desde la luz que no cesa, esa sensación de paz... Ser farera en un tiempo que naufraga es un "estar en el mundo, como una actitud religiosa". Vivir en la naturaleza es "una lección de humildad". Que te dulcifica. Donde "el único ser humano que tienes a mano eres tú misma", puedes construir el mundo a tu manera. En su arqueología del recuerdo, la película libera "una bestia salvaje" que habita en tu fuero interno, ¿y sabes qué más?, el faro pasa a ser una "nave espacial" donde viven los soñadores más cuerdos, iluminando islas conectadas por las mismas aguas. Despegamos.
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