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¿Declive del Imperio USA?

Política que conmociona y horroriza

Cierto que los europeos occidentales conformamos el primer gran grupo de población en seguir el modelo cultural y político de Estados Unidos (EE UU) desde 1945, justamente después de las destructivas guerras fratricidas padecidas en el continente. Pero también es cierto que venía gestándose una cultura mundial de antiamericanismo, provocada por la política exterior de EE UU, especialmente por la manipulación económica de otros países a través del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional y, en definitiva, por el ejercicio de control general de una economía global que generaba más perdedores que ganadores.

La opinión pública venía aceptando la influencia de una clase intelectual predominantemente izquierdista, moldeada por la larga lucha nacional contra el imperialismo europeo, de manera que numerosos escritores, periodistas, artistas o cineastas, ante la presencia cada vez más apabullante de Estados Unidos en el mundo –empezando por el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, continuando por el derrocamiento del primer ministro de Irán en 1953, los bombardeos que arrasaron Vietnam, la entrega de armas al régimen genocida de Pakistán en 1971 y el golpe de estado orquestado por la CIA en Chile en 1973–, reaccionaban con críticas cada vez más enérgicas contra el racismo latente en aquel país y su proceder neoimperialista. La gran recesión de 2008 socavó definitivamente la confianza en la llamada pomposamente "tierra de la libertad", impregnándose su sociedad de militarismo y xenofobia. A mediados de la segunda década de los 2000, la superpotencia, en pleno proceso de desindustrialización, metida de lleno en guerras eternas en el exterior y soportando unas desigualdades extremas dentro de sus fronteras, se mostraba más que madura para caer en el trumpismo.

Parece poco probable que EE UU recupere su admirada grandeza porque, entre otras muchas razones, la demagogia del nacionalismo blanco, que no puede admitir un declive irreversible, dirige su furia contra quienes se han esforzado, mediante la inmigración física o espiritual, por parecer o ser estadounidenses. Las personas americanizadas o en proceso de americanización se ven obligadas a encontrar un nuevo modelo, una nueva identidad que supla aquel sistema de creencias desaparecido y sustituirlo, quizás, por un fundamentalismo pérfido.

Parece claro que las fuerzas del racismo ideológico, latentes durante décadas en EE UU, han reaparecido para perseguir su función original: la de aportar un estatus mejor a los blancos, en general, y a los blancos con dificultades, en particular. Veremos lo que el futuro depara porque la crueldad, la temeridad y la ineptitud que esgrime la clase dirigente durante el segundo mandato de Trump, unidas a ese descarado supremacismo blanco, conmocionan y horrorizan incluso a los mejores aliados, a los más leales admiradores.

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