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Opinión

La historia de un médico que sabe escuchar

A José Manuel se le nota enseguida que es de Oviedo. Tiene ese hablar pausado y seguro, un deje irónico que no hiere, pero que deja claro que sabe de lo que habla. Cuando se mete un poco con los cazurros —como es mi caso—lo hace sin malicia, como quien provoca para que una caña sepa mejor.

Comenzó de médico en Villablino, en días de nieve y carbón, cuando ser médico era mucho más que un título: era oído, consejo y esperanza. Allí aprendió que la medicina no siempre se escribe con recetas, sino con paciencia. Después pasó por Infiesto, donde todos lo recuerdan por su cercanía, por su forma de mirar al enfermo sin prisa, como si en cada uno hubiera un mundo que merecía ser escuchado.

Se casó con Josefina, una chavala de Villablino, mujer de temple y sonrisa, que lo acompañó en todas las mudanzas, en los turnos eternos y en los inviernos duros. "Sin ella —dice— no habría resistido ni la mitad." Y lo dice sin adornos, con esa sinceridad de los que no necesitan demostrar nada.

En el café Central, la tertulia se forma a partir de las 13:30 h: ahí está el cronista de barrio, también Agustín, un maestro gallego; Luis, un antiguo capitán de barco; Helios, el más joven, y José Manuel, el médico . Se habla de la vida, de fútbol, de los precios y, a ratos, de la vida corriente. Él no pontifica: enseña contando historias, recordando casos, pequeños milagros de pueblo, donde el pulso se salva más por cariño que por ciencia.

La mañana sigue su curso, la luz se cuela por los cristales, el ruido de las cucharillas acompaña la conversación. Afuera pasa la vida; dentro, los tertulianos aprenden lecciones que no vienen en los libros: que curar no es solo aliviar, sino mirar con respeto; que la vejez puede ser maestra; y que aún queda gente que ejerce su oficio como si el mundo dependiera de hacerlo bien.

Cuando José Manuel se levanta, todos callan un segundo, como si se fuera un poco de sabiduría con él. Luego el bar recupera su ambiente, pero algo queda suspendido en el aire: la certeza de que hay vidas que engrandecen a los demás sin hacer ruido.

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