Opinión
20N, el recuerdo
Es una de esas fechas que no se olvidan, especialmente cuando se cumple un cincuentenario y los medios de comunicación, más allá de las interesadas celebraciones del gobierno actual, se zambullen en pleno en las aguas más o menos profundas de lo que fue la desaparición del general Franco, tras una agonía que sólo cabe desear a los más recalcitrantes enemigos.
A mí la noticia me pilló trabajando; y es que estaba de tercera imaginaria en la primera compañía de cadetes de la Academia General Militar. Un desempeño que a los jóvenes actuales, huérfanos de la denostada Mili, les sonara a Iker Jiménez, y que consistía en velar mientras los demás dormían. La segunda y la tercera eran las peores pues partían la noche, y a mí sólo el pequeño transistor –prohibido- me ayudaba a no quedarme dormido.
No recuerdo qué estaba escuchando pero el programa se cortó para dar paso a la noticia: El caudillo había muerto, y yo tenía delante una papeleta pues debía avisar al capitán de cuartel, don José de León Quintero, un apreciado profesor que dormía en el cuarto a ello dedicado. Lo hice, justo antes de que llegase mi relevo, y me fui a dormir pensando en un posible arresto, pero, al toque de diana me percaté que el capitán había preparado un breve y bonito discurso, que ya no recuerdo, pero había olvidado preguntarme cómo había recibido yo la noticia.
Durante el día surgió la posibilidad de viajar a Madrid en autobús para rendir honores al difunto general, lo que más allá de las connotaciones históricas e ideológicas que el asunto podía tener, para nosotros, jóvenes aún por cumplir los veinte años, representaba una oportunidad de escapar durante varios días del férreo control académico, pues el plan incluía el funeral-desfile oficial previsto para el domingo.
Manolín, mi compinche y viejo amigo, y yo, nos sumamos a la operación, que incluía dormir en su casa, con afanes distintos, pues él siempre ha sido más sentimental. Llegados allí, proximidad del Palacio Real, y con una inmensa cola en la que distinguimos, entre otros y que yo recuerde ahora, a Raphael y su mujer, y varios generales uniformados con su familia, formamos una sección y desfilamos hacia la entrada, enfundados en nuestros maravillosos capotes de invierno; y llegados allí, el sargento galonista: "se presentan los cadetes para rendir honores al caudillo", y por las mismas nos saltamos el tremendo río humano que intentaba entrar allí.
Tras ello nos fuimos a dormir, y el domingo aún tuvimos tiempo para asistir al desfile funeral en Bailén, con caída de jinete y caballo desbocado ante nosotros, para ver después como los informadores decían que era el del difunto. Un memorable fin de semana para unos jovenzuelos cadetes que ya no recuerdan dónde pasaron la parte central de la aventura. Ye lo que hay.
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