Opinión
Desde dentro del escudo
Una reflexión sobre la impronta del Grupo Covadonga
Permítanme, antes de alzar la palabra, anticipar mi disculpa por la osadía de suscribir estas líneas desde una posición de aparente ventaja y que obedece a la evidencia que se desprende de la rúbrica y que no es otra que la de mi posición formando parte humilde del órgano de dirección del destinatario de la loa que paso a efectuar. No ignoro que la mirada interna puede ser acusada de fervor desmedido o parcialidad afectiva, pero quien goza del privilegio de poder contemplar el Grupo desde sus entrañas, no puede sino escribir con orgullo, y la alternativa del silencio casi rozaría la deslealtad.
Viene esta reflexión a propósito de la presentación de las secciones deportivas del Real Grupo de Cultura Covadonga celebrada recientemente en el Palacio de Deportes de La Guía. La presente edición de este ya inveterado acto, lejos de suponer una más en el calendario institucional de la entidad, se convirtió en una genuina ceremonia colectiva de identidad y pertenencia. El pabellón –colmado de familias, deportistas, socios y amigos– latió al unísono, convirtiendo la sucesión de disciplinas en un himno vivo a los valores que han hecho del Grupo una referencia en nuestra ciudad y mucho más allá de sus límites.
Prueba de ello es el caudal de felicitaciones recibidas durante y después del evento, de las que cabe destacar el reconocimiento de los socios que, con tanto esfuerzo y disposición, confían una buena parte de la educación de sus hijos e hijas (no otra cosa ofrece esta entidad, más allá de su identidad deportiva y su vocación cultural) al buen hacer de todos aquellos que componemos esta gran familia. Y es que quienes tuvimos la oportunidad de asistir a este renovado acto, no solo pudimos disfrutar de una impecable puesta en escena, sino que sucumbimos casi de modo inconsciente a ese contagioso sentimiento tan reconocido y reconocible para quienes forman parte del mismo: el "espíritu grupista", un sentimiento que aflora en la niñez y se acentúa hasta alcanzar su máximo exponente en nuestra Asociación de Veteranos, auténtico santo, seña y guía de la institución y que preside nuestro "ejemplar" Lisardo Argüelles (por mérito y título, conducta y distinción, práctica y placa).
Pero, si me permiten (o más bien lo hace el titular de esta nueva licencia), lo verdaderamente admirable es que el éxito no dio paso a la autocomplacencia, antes al contrario. Lejos de limitarse a recoger merecidos agasajos, nuestro Presidente –con su habitual mezcla de exigencia y serenidad– reunió al término del acto a su equipo para detectar y poner en común aquello mejorable, analizar detalles y elevar aún más el listón de cara al próximo año. Ese afán constante por aspirar a la excelencia, incluso en la victoria, es uno de los rasgos que engrandecen al Grupo.
Mención destacada y obligada merecen asimismo los trabajadores de la casa, la plantilla que sostiene la logística con profesionalidad silenciosa y el equipo de organización que logró convertir un acto complejo en una celebración fluida, cercana y emocionante. Y justo es reconocer la colaboración institucional del Ayuntamiento de Gijón, cuyos técnicos facilitaron la ejecución de este encuentro deportivo y social.
Ahora bien –y haré el apunte con tanta firmeza como lealtad, con tanto agradecimiento como demanda–, sería deseable que las Administraciones públicas, tanto locales como regionales, no solo acompañen al Grupo en su éxito, sino que profundicen en su compromiso con una institución que representa como pocas el talento, el esfuerzo y la imagen de nuestra ciudad y comunidad hacia fuera. No basta con estar –y siempre cabe "estar más"–, sino que hay que apostar, proteger y proyectar lo que nos distingue. El Grupo siempre dará más que lo que recibe, por lo que animo a nuestras autoridades a que, en defecto de acoger la evidencia desde la convicción, lo hagan desde la vocación práctica, pues contentar a casi 40.000 almas locales está sin duda en el manual de uso de todo buen gobierno.
En definitiva, esta entidad continuará su camino hacia la excelencia; no solo porque compite, sino porque educa; no solo porque gana, sino porque integra; y no solo porque forma deportistas, sino porque forma personas. El Grupo no es un medallero que cuantifica triunfos en podios: es una escuela cívica, una comunidad que proyecta el nombre de Gijón más allá de sus fronteras y que ejerce, silenciosa y cotidianamente, una labor social difícil de medir en cifras y clasificaciones. Su auténtico rasero se mide en valores –humildad, disciplina, convivencia, identidad– que acompañan a sus socios dentro y fuera de las instalaciones. Y ahí reside su legado más perdurable: el de una institución que no se limita a participar en el pulso deportivo de la ciudad, sino que la representa, la vertebra y la impulsa, sembrando un orgullo compartido que no caduca al término de una temporada, sino que ese "espíritu grupista" se transmite de generación en generación.
Mientras esa llama siga encendida, seguirá latiendo –desde dentro del escudo– Gijón entero.
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