Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

El barrio es un espejo de gente diferente

A las ocho en punto el barrio se despereza con un bostezo largo, como si le costara recordar que es miércoles. En la panadería ya está Begoña, amasando con sus manos de cuarzo el pan que nadie agradece, pero todos esperan.

Enfrente, Ángeles, la limpiadora, barre con un esmero casi litúrgico, como si cada baldosa fuese un pequeño altar. Ellos son los que trabajan: sostienen el barrio sin hacer ruido.

En el portal número 12, la señora Julia sujeta la puerta para que pase el chico marroquí del segundo, que trabaja de albañil. Lo hace siempre, sin darse importancia. Ayuda también a la señora María cuando vuelve del médico, empujando despacio su carro azul oscuro. Son los que ayudan, los que apuntalan las costuras invisibles.

Luego están los que no se enteran: el hombre del ático del n…, que baja con auriculares y pasa de largo sin ver a nadie, como si viviera en una ciudad paralela. A veces me pregunto si reconoce a sus vecinos, o si el barrio es para él o sólo un decorado barato.

En la esquina de Instituto, al sol temprano, con esa luz de otoño, se juntan los del chismorreo: tres jubilados que saben más que Google. Opinan del precio del pescado, del novio de la del quinto y de un rumor que ellos mismos inventaron. Su charla, entre malicia y ternura, da al barrio otro latido distinto.

Un poco más allá, en el Parchís, un hombre mayor pasa sin mirar al joven africano que vende pañuelos. No lo ve, o no quiere verlo. Es de los que no ven al que lucha solo. Y detrás, una vecina señala con el dedo a la chica que fuma nerviosa en la puerta de la Biblioteca: juzga sin comprender, como si el humo del cigarrillo, le revelara toda su vida.

Y así, con esta mezcla de virtudes y flaquezas, el barrio se convierte en el espejo más fiel de la vida: hermoso, frágil, diferente, contradictorio y profundamente humano.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents