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Memoria de dos grandes gijoneses

Se cumple medio siglo de la restauración monárquica, y del inicio de la transición a la democracia, proceso en el que tuvo un papel único, como auténtico guionista, el gijonés Torcuato Fernández-Miranda, quien acuño el "de la ley a la ley" y redactó la ley para la reforma política. El azar quiere que la conmemoración coincida con la magnífica exposición que alberga el antiguo Instituto, dedicada a la figura de otro insigne tribuno gijonés, Melquíades Álvarez.

Torcuato y Melquíades son, sin duda alguna, los gijoneses más ilustres del pasado siglo XX. Pese a no haber compartido generación sorprende comprobar los paralelismos de sus trayectorias. Los dos gijoneses de nacimiento, ambos juristas ilustres e ilustrados, herederos de la mejor tradición jovellanista; formados en la Universidad de Oviedo en la que ambos llegaron también a ocupar cátedra. Torcuato fue además el primer rector gijonés del alma mater ovetense.

Ambos moderados en su pensamiento, reformistas en su actitud, y ejercientes de un posibilismo pragmático, que cada uno desarrolló, buscando la concordia entre españoles, en las circunstancias históricas que le tocó vivir. Elocuentes oradores, y los dos con nombres pocos comunes, llegaron a compartir hasta cierto parecido físico: con ese perfil afilado y una mirada penetrante, reveladora de una innata inteligencia. Ambos llegaron también a una de las más altas magistraturas de la nación, la presidencia de las Cortes.

Melquíades fue siempre un republicano de convicción, lo que no le impidió cooperar lealmente con la institución monárquica, llegando a ocupar la presidencia de las Cortes bajo el reinado de Alfonso XIII. Quizás como Ortega y Gasset, que militó en las filas de su partido, compartió el "no es esto, no es esto" ante el devenir de la Segunda República. Y lo cierto es que, pese a sus acendradas convicciones, murió brutalmente ejecutado, en los primeros meses de la Guerra Civil, a manos precisamente de los elementos más radicales del bando republicano.

Torcuato vivió en su juventud la tragedia de la Guerra Civil, lo que seguramente explica sus denodados esfuerzos por cerrar heridas entre compatriotas, y lograr una pacífica vuelta a un régimen de libertades. Se ganó la confianza del entonces príncipe Juan Carlos, siendo su preceptor universitario. La cercanía forjada en aquellos años le permitió, tras alcanzar la presidencia de las Cortes en los primeros meses de la nueva monarquía, jugar un papel destacadísimo en el calculado desmontaje, desde dentro, del régimen franquista que culminó con la Constitución de 1978. No estaría de más ir pensando en dedicarle también una exposición monográfica, tan merecida como la que estos meses tiene por protagonista a Melquíades. Aunque nuestras calles ya recuerdan sus nombres, perpetuar la memoria en bronce de ambas figuras podría ser también, a medio plazo, un noble objetivo a cumplir. n

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