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Opinión | Comentarios al paso

Burgos, 15-11-1939

"Queridísima esposa e hijos: en estos momentos en que me han leído la sentencia de muerte, te mando mi último cariño para ti y mis últimos abrazos para nuestros hijos. Te pido, esposa, que eduques bien a los hijos, a quienes tanto he querido y por los cuales miraré desde el cielo. Allá os aguardo. Que la herencia, a tu muerte, se reparta entre los hijos. Y te suplico a ti dejes algo para decirme algunas misas por el eterno descanso de mi alma. Adiós, esposa querida, adiós, hijos de mie alma. Vuestro esposo y padre, José Martínez Iglesias".

Cuando preguntábamos a Esperanza, la abuela materna, que por qué habían fusilado al abuelo José, obteníamos la misma reacción: se acercaba presurosa al fregadero de la cocina, simulando que tenía cacharros por lavar, y abría el grifo del agua caliente hasta los topes. A eso se reducía la contestación. Como si el ruido del agua valiera para borrar nuestras preguntas o como si cualquier respuesta mereciera evacuarse por el sumidero de la pila.

Al poco de morir Franco, buscó un encuentro a solas conmigo, en calidad de nieto mayor, sacó un sobre del mandil y me pidió que leyera su contenido: la carta manuscrita que arriba se transcribe, cuya fecha y lugar de remisión se corresponden con el título de este comentario. Leída, esbozó una mueca triste por sonrisa y comentó algo así como que era lo que se temía: una farsa, otra patraña epistolar que se negó a fisgar durante 36 años, porque era imposible que mi abuelo remitente escribiera nada si no sabía ni garabatear su nombre; que qué cielo, qué dádivas ni qué narices si el abuelo no pisaba la iglesia; que de qué herencias se hablaban en la misiva si vivieron con una mano delante y otra atrás; que qué cuidados filiales se recomendaban si el abuelo se limitó a procrearle 5 hijos en 5 años; que seguro que la epístola era cosa del capellán del penal de Burgos. Total, que la abuela no quería conservar por más tiempo esa mentira monumental; que me quedase con la dichosa carta o la quemase. La mueca se le desdibujó, pero mantuvo de por vida un silencio interminable sobre las criminales sinrazones que provocaron el fusilamiento del abuelo José.

No tuve oportunidad de confirmarle a la abuela Esperanza que era una más de las 150.000 cartas que los capellanes carcelarios, convertidos en una cómplice y complaciente red de inteligencia artificial de la época (la IA franquista), fabricaban como churros y destinaban a las familias de otros tantos fusilados. Mi abuela Esperanza San Millán desconocía el verso de Luis Cernuda: "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros".

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