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Opinión

Qué nos está pasando

A José Luis Cienfuegos le debemos una nueva forma de mirar

Lo primero que pensé ayer cuando me dijeron que José Luis Cienfuegos había fallecido en Madrid de un ictus es alarmante: ¿Qué nos está pasando?

Desde el 25 de mayo de este año, cuando nos llegaba desde Buenos Aires la noticia de la muerte de Fran Gayo, esto se ha repetido de una manera machacona, un martillo pilón que se ha llevado por delante a Xuan Bello a finales de julio, a Javier García Rodríguez el pasado noviembre y ahora, ayer por la tarde, a José Luis Cienfuegos. Cuatro personas con las que he tenido una relación diferente, pero los cuatro presentes, mucho en algún caso, en distintas etapas de mi vida.

¿Qué pasa, nos estamos muriendo? Yo podría ser cualquiera de los cuatro. Alguien desde un periódico podría estar llamando a uno de ellos, Xuan o Javier, por ejemplo, para que escribiera sobre mí lo que yo he escrito o dicho sobre ellos. Lo que estoy haciendo ahora. Imagino que las reacciones públicas serían similares, ese estupor, esa incredulidad, incluso de las mismas personas, porque hemos crecido a la vez rodeados de proyectos comunes. Lo intento pensar con serenidad.

Ahora voy a portarme bien y escribir unas palabras sobre José Luis. Lo conocí cuando era estudiante en la Facultad de Psicología de Oviedo, al lado del CAU, gracias a los cuatro compañeros con los que comenzó a programar los ciclos y actividades formativas con las que pusieron en marcha el Aula de Cine. No nos perdíamos una sesión de la mítica sala 3 de los cines Clarín en la calle Valentín Masip. Aquello cada vez tuvo más calado y José Luis, alma mater del proyecto, pasó al departamento de prensa del Festival de Cine de Gijón, hasta que en 1995 le ofrecen la dirección del certamen, una misión casi suicida para aquel grupo de treintañeros al mando de una muestra que tenía por entonces más de treinta años de historia. Decidieron darle un cambio radical hacia un festival de cine joven, independiente y arriesgado. Precisamente por ello fue fácilmente caricaturizable (aquello de los gafapasta), pero por allí pasaron Kaurismäki, Kiarostami, Pedro Costa, Leos Carax y la plana mayor del cine independiente europeo y norteamericano. Todo eso pasó en el Gijón de finales de los años noventa y se lo debemos a José Luis, porque para él siempre ha sido fundamental programar con absoluta libertad, evitando ese peligro tan sutil como siniestro que es la autocensura. Antes de caer en ella se largó en busca de otros horizontes, primero Sevilla y últimamente Valladolid, una ciudad muy querida para él.

Le debemos una forma de mirar. Nada menos que eso, ¡una nueva forma de mirar! n

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