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Opinión

Una pasión en sesión continua

Con la muerte de José Luis Cienfuegos nos estalla en la cara un fundido a negro tan doloroso como la pérdida de Fran Gayo. Un desenlace tan cruel que nadie podía esperar. La Historia del Festival de cine de Gijón no puede escribirse sin dedicar muchas escenas en primer plano al director que lo rescató de la penumbra y lo convirtió, plano a plano, en una referencia imprescindible del cine independiente, un Sundance asturiano por el que desfilaron muchos nombres clave sin los que no se entendería el Séptimo Arte de las últimas décadas. Y subrayo la palabra Arte porque si algo caracterizó el certamen bajo la tutela de Cienfuegos fue una apuesta por las películas que arriesgan, pelean, provocan. Ese espíritu rebelde (no pocas discusiones tuvimos cuando defendía títulos provocadores pero pretenciosos y vacíos, estaba en su papel de defender una filosofía rompedora) fue ajustando el tiro sin prisas, lanzando las carreras de muchos cineastas que hoy son santo y seña de la vanguardia mundial, pero sin descuidar la presencia de grandes clásicos: qué recuerdos tan emocionantes se vienen a la memoria al recordar charlas en plano secuencia con Paul Schrader, Karel Reisz, Jack Cardiff (¡aquella proyección mágica de "Los vikingos"!) y tantas leyendas de la gran pantalla que se mostraban dichosos al ver el reconocimiento que recibían por nuevas generaciones de espectadores que podían admirar lo último de Darren Aronofsky Abbas Kiarostami, Aki Kaurismäki, Todd Haynes, Seijun Suzuki, Kenneth Anger, Hal Hartley, Lukas Moodysson, Claire Denis, Todd Solondz, Apichatpong Weerasethakul, Monte Hellman, Whit Stillman, Víctor Erice… Y más, muchos más. Qué gozada. Es que miras la lista y no puedes evitar un escalofrío cinematográfico de nostalgia. Y de gratitud.

Una pasión en sesión continua

Una pasión en sesión continua

Cienfuegos entendió pronto que su sentido del cine encontraba en Gijón la plataforma perfecta por carácter y atrevimientos. Se prescindió de él de forma injusta e innecesaria pero su legado ya era invencible, como la legión de John Ford. Sevilla y Valladolid no dejaron pasar la ocasión y lo reclutaron para darle nuevos aires a sus festivales. Y lo hizo con la misma pasión y entereza de siempre, porque José Luis Cienfuegos fue, además de un visionario en una tierra poco propicia para serlo, alguien que amaba el cine de forma impetuosa, sin poner planos calientes a sus gustos. Anda que no tuvimos rifirrafes por algunos premios que me parecían decididos de cara a la galería, anda que no nos tiramos los trastos a la cara por culpa de un palmarés (que yo consideraba) poco afortunado, pero las aguas volvían pronto a su cauce porque José Luis era un tipo que defendía sus posturas con ardor guerrero pero que respetaba las que no compartía. Un ser peleón y rotundo con el que se podía hablar horas y horas sobre todo tipo de cine, y que llevaba con buen humor la etiqueta de "gafapasta" que pegaban al festival con inusitada virulencia desde algunos sectores envidiosos y rancios. Y, además, un tipo que defendía a muerte a los suyos (recuerdo una bronca del demonio con algunas estrellitas de medio pelo que venían aquí a vaciar sus miserias) y que aguantó a pie firme las embestidas de quienes no comulgaban con sus criterios de selección, con su forma juguetona de animar el cotarro con juergas de música sin corsés. Su Festival era un lugar de encuentros sin horarios fijos, una gran noria de propuestas girando en los cielos cinematográficos de Gijón, girando y girando en un frenesí de imágenes imborrables para una cartelera en emoción continua. Casi puedo oírle decir con sorna afectuosa: "Pertierra, déjate de cursiladas, jajaja".

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