Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Pedro Luis Menéndez

¡Hasta la próxima, maestro!

A los 13 años decidí que mi vida iba a estar dedicada a la Física. Lo del Latín vino luego. Mi profesor del entonces tercero de Bachiller era José Antonio Fidalgo, un joven que me deslumbró. Lo traicioné, porque cualquiera sabe que soy más de letras que si me hacen de encargo. Pero nunca olvidé la Física, una de mis pasiones, aunque algunos de mis amigos se ríen por ello. En realidad, todos sabemos que eso era una excusa, que lo que importa en según qué edades (¿en cualquiera?) son las personas y cómo llegan a ti. Entre los olvidos y los recuerdos me quedo con estos, porque tuve la suerte de que la vida nunca nos separó del todo: una excursión al Pico Pienzu hace mil años, nuestras benditas desavenencias en cuestiones pedagógicas mientras fuimos compañeros de claustro, sus comentarios siempre generosos sobre mis publicaciones, un fin de semana de no hace tanto en el hotel de Andrín que Félix regenta, y en el que José Antonio presentó uno de mis libros, más alguna que otra conversación de familia con Fidalgo y con Alicia en Colunga o en Viesques (Fidi tendría un capítulo aparte; y Alba y Laura, para qué decir).

¡Hasta la próxima, maestro!

¡Hasta la próxima, maestro!

Puede que no haya conocido a nadie tan trabajador como él. Su constancia, su persistencia, hasta su manera de abrirse al mundo eran una lección.

Hace un mes he despedido a mi padre. Hoy me toca despedir a Fidalgo. Nos van dejando y es inevitable que suceda, lo que no impide cierta nostalgia y melancolía de los tiempos idos, no porque hayan sido mejores, sino porque también fueron nuestros tiempos. Los de ellos y los nuestros.

"Magister" es una palabra de las grandes, como ella misma indica. No hace referencia al que más sabe, ni mucho menos, sino al que mejor enseña. El "magis" encarnado en la persona, un tipo de seres humanos que alumbran el camino.

A José Antonio Fidalgo se le puede alabar de muchos modos (y otros lo harán). Yo me quedo con el que siempre estuvo cuando lo necesité, con aquel chaval que ante aquella turba de adolescentes hormonados mantenía siempre el tipo, la sonrisa y el cariño.

También con quien me enseñó la gimnasia matutina del alzamiento de hombros; pero esa es otra historia que seguro que merece ser contada en otra ocasión. Por eso, ¡hasta la próxima, maestro! En ella nos encontraremos.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents