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Tiempo de esperanza

Sin llegar al último mes del año ya nos vimos envueltos, con el encendido de luces, en una Navidad cada año más madrugadora. Con este centrifugado del calendario, en que las fiestas llegan con inusitada rapidez y antelación, podríamos decir, parafraseando a Sabina, que "¿quién me ha robado el mes de diciembre?".

Para los que aún mantenemos la inquietante manía de ser creyentes, nada más contra cultural en nuestros días, sólo iniciamos tímidamente el adviento, esos cuatro domingos con sus semanas, que preceden a la festividad del nacimiento del Salvador. Hasta en nuestros bables astures el último mes del año se conoce, comúnmente, como mes de "avientu". Tiempo de austeridad, sobriedad y esperanza, como preparación para la gran fiesta. Se traduce, en nuestros templos, en colores litúrgicos severos, desaparición de adornos florales, contención en lo musical. Ilusionado encendido de las velas, una por semana, de la corona del adviento; y por supuesto nada de nacimientos que, pueden prepararse, pero no debieran inaugurarse hasta la gozosa noche del 24 de diciembre. Prefiero ese ritmo pausado, y ultimar preparativos y decoraciones con el fondo musical de los niños de San Ildefonso.

Cierto que hay que hacer un esfuerzo para poder sustraerse a todo ese bullicio callejero, explosión de luces, y sucesión de comidas y cenas (de empresa, de amigos, de colegas de tal o cual asociación o club, de excompañeros de estudios, etc) en que vivimos desde finales de noviembre. Incluso para los no creyentes es recomendable ese ejercicio de contención, para no llegar saturados al verdadero momento de la fiesta.

En pleno adviento emerge, como un faro de luz y alegría, la fiesta de la Inmaculada Concepción, patrona de nuestra nación que siempre destacó por la defensa de este dogma cuya definición, larga y costosa, no llegó hasta 1854 con Pío IX. Nada pues nuevo bajo el sol, cuando hoy se trata de poner sordina a otros títulos marianos queridos y predicados tanto por el pueblo fiel, "sensus fidei", como por diversos santos y papas. Y tampoco extraña que, siguiendo la tradición patria, nuestra más alta condecoración civil, la orden de Carlos III, tenga en el centro la imagen de la Inmaculada, y los colores celestes de su manto.

La novena a la Inmaculada se mantiene estos días en numerosas parroquias gijonesas. Dentro de ella la basílica local acogerá mañana, en celebración vespertina, uno de los días del triduo que el regimiento Príncipe dedica a la que es también patrona de la Infantería. Y esta misma tarde la capilla del colegio de la Inmaculada, fundado en pleno fervor inmaculista del siglo XIX, acoge una sugerente conferencia a cargo del jesuita asturiano Rodríguez Olaizola: "la esperanza en un mundo escéptico". Sin ninguna duda mucho mejor esto que espectáculos de luz y sonido, previo paso por taquilla.

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