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Gracias, Cienfuegos

Acababa otro festi. El jurado proclamaba el palmarés. Se entablaban las discusiones finales, ya con el abrigo puesto, según el regocijo o el cabreo de los acreditados. Pumares salía bufando del Antiguo Instituto. Se intercambiaban las últimas despedidas (muchas de ellas hasta el año siguiente) entre colegas y organizadores. Y siempre, por algún motivo, a la salida llovía a cántaros; y, bajo aquella lluvia helada de finales de otoño, no quedaba más remedio que volver a casa, extenuados y, como escribió el poeta, con los ojos ardiendo como faros. No era nada fácil, y cada edición del festival lo era menos. Al fin y al cabo, acabábamos de pasar una semana fuera del mundo; o, más bien, en otros mundos, y sin necesidad de habernos movido más que unos cientos de metros a velocidad de correcaminos: de sala de proyecciones a café con cinefórum (ambos exprés); del café a la tanda de ruedas de prensa o entrevistas concertadas; de ahí a la redacción a volcar el cargamento de la mañana, y vuelta a empezar, con el añadido de algún pampaneo nocturno que había que administrarse porque a partir del tercer o el cuarto día los párpados pesaban y uno corría el riesgo de tener que armar la crítica sobre una película más soñada que vista.

Dentro de las salas, podíamos haber pasado aquella semana, por ejemplo, junto a un pastor mongol, una familia disfuncional de la burguesía, un entrañable yonqui belga, unos cuantos sociópatas austriacos, un policía exsoviético, una comuna posthippie, un desempleado albino o un migrante subsahariano a la espera de papeles, cuyas historias se nos relataban según códigos ausentes de las pantallas el resto del año; fuera de las salas (y más o menos con la misma mezcla finalmente indiscernible de realidad y ficción), se cohabitaba día y noche con jóvenes cineastas de avanzada, viejos maestros, actores y actrices encantadores, excéntricos o insoportables (según la hora del día), críticos de relumbrón, la crema del indie guitarrero y hasta alguna estrella del porno. Y lo mejor de todo, es que miles de personas --con la acreditación colgando o no de la solapa, cinéfilos o no, parapetados o no tras un par de gafas de pasta-- habían podido vivir exactamente lo mismo: un año tras otro bajo el mismo chute de expectación, entrega, entusiasmo y ebriedad; fascinados, conmovidos, espantados, excitados y a veces también desconcertados o directamente aburridos bajo aquel bombardeo de imágenes, sonidos, conversaciones y a los que, de otro modo, seguramente nunca nos hubiéramos expuesto.

El gran mérito de José Luis Cienfuegos fue hacer eso posible en esta ciudad durante dieciséis años. Su forma de ensamblarlo todo orgánicamente en una especie de performance multidisciplinar de siete días o de obra de arte total y para todos los públicos consiguió sintonizar con la ciudad, acuñó marca y creó escuela. Se le había encomendado sacar de la UCI a un festival que languidecía, y él lo puso a bailar indie a base de un tratamiento que mezclaba contemporaneidad, desparpajo, un toque de provocación no poco punk, unas gotas de saludable esnobismo de época y un instinto afinado para ventear, como de sobra se ha demostrado después, por dónde iban los tiros del cine que se hacía en ese tiempo; y también una comprensión global de lo cinematográfico como experiencia individual y colectiva que desborda en todas direcciones el plano vertical de la pantalla. Es decir, de la cultura como fiesta (aquel lema que tanto cabreaba a Ferlosio) y, al cabo, como vida.

Por descontado, no le fue fácil. Tuvo que tirar de una obstinación, firmeza y energía de las que siempre fue sobrado para pasarse por el arco de sus perpetuos pantalones de pitillo las chanzas, incomprensiones y escandalizadas reticencias del xixonín del alma y seguir adelante hasta desmontar tanto prejuicio paternalista, mojigato y reaccionario sobre los gustos del "espectador medio" y armar la mayor y más perdurable operación de pedagogía cultural y artística que posiblemente haya conocido esta ciudad; un mérito que finalmente se le reconoció con una defenestración que aún causa sonrojo, o debería, pero que en Sevilla o Valladolid agradecen en estas tristes fechas, y que a él le permitió crecer aún más y consolidar un modelo singular de activismo cultural a través del cine que también deja herederos.

Naturalmente, aquel FICX no fue solo la obra de Cienfuegos: imposible sin el entusiasmo, el humor y la lealtad del núcleo duro de partisanos que lo arropó durante aquellos años; empezando por el inolvidable Fran Gayo, cuya pachorra escéptica, sabia y socarrona eran el contrapunto perfecto de la fibra, el nervio y la suspicaz causticidad de Herr Direktor. E imposible también sin el contexto sociológico y político de una ciudad que ansiaba redefinirse, cargar pilas, aventar tiempos sombríos, y que creyó con firmeza, más allá de los eslóganes, que la cultura debía ser un puntal esencial de esa especie de pequeño o gran reboot, por decirlo en términos cinematográficos; más o menos lo que ahora se encomienda a la oferta hostelera, las luces de Navidad o los desembarcos masivos de cruceristas, actividades muy loables en sí mismas pero que temo que, incluso si se entabla conversación con los visitantes, no consigan abrir las cabezas a nuevas formas de ver o de vivir un mundo complejo sin salir (o no más de una semana) del propio mundo. Toda gratitud llega tarde, pero a Cienfuegos habrá que agradecerle siempre que, como un mad doctor implacable y patilludo, consiguiese hacer eso con nuestras cabezas sin que dejásemos de entregarnos al experimento y lo disfrutásemos como locos. Incluso, o quizá sobre todo, por los efectos secundarios: un resacón que aún dura.

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