Opinión
Carlos F. Heredero
Echar de menos a José Luis Cienfuegos
Era cabezón y tozudo. Exigente y riguroso. No siempre sabía exactamente lo que buscaba, pero sí a qué criterios debía responder o cómo tenía que presentar aquello que proponía. Su vocación era el Cine, así, con mayúsculas, pero su trabajo no era solo el de un programador. Mucho más que un director de festivales, José Luis Cienfuegos honraba más que nadie en España el concepto de comisariado cultural, porque un certamen cinematográfico, para él, era esencialmente un encuentro de voluntades, un ágora para la conversación pública entre los creadores y sus públicos, entre el cine y otras expresiones artísticas.
Y esto fue así desde mucho antes de que, a partir de 1995, pusiera en pie, revitalizara y llevara a notables cotas de prestigio internacional el Festival de Gijón, antesala de lo que volvería hacer después con el Festival de Sevilla y de lo que, más recientemente, estaba llevando a cabo también con la Seminci de Valladolid. Mucho antes de todo ello, Cienfuegos programaba ya los ciclos de cine de la Caja de Ahorros de Asturias y publicaba, desde 1989, unos valiosos catálogos en cuya escritura invitaba a participar a los más prestigiosos críticos de cine de este país. Críticos de todas las tendencias y de diferentes perfiles.
Cienfuegos no era una persona fácil. Su trato era invariablemente exigente y, con frecuencia, más competitivo de lo deseable e incluso de lo saludable. Pero era siempre ambicioso en el mejor sentido (en la búsqueda inquebrantable de la excelencia, en su pelea constante, irrenunciable y programática por alcanzar lo mejor y lo más valioso) y también rigurosamente estricto en la dimensión ética del trabajo y del compromiso. Del compromiso laboral y del compromiso personal, fiel como era –entrañablemente fiel– a sus amigos y a sus lealtades.
Y era también una paradoja viviente. Su trato a veces un tanto áspero, siempre en tensión y siempre acelerado, no le impedía extraer lo mejor de todos sus colaboradores ni trenzar hondos y duraderos lazos de amistad con sus más íntimos. Cariñoso y vulnerable para quien realmente sabía mirar en su interior, Cienfuegos era también obsesivo y minucioso hasta lo maniático, siempre implacable en su persecución de todo lo que él entendía como necesario para que el mejor cine pudiera dialogar de la manera más fructífera posible con sus espectadores: encuentros, publicaciones, coloquios tras las proyecciones, seminarios, exposiciones, conciertos...
Su fuerza, su determinación y su valentía para enfrentarse a las expectativas convencionales o interesadas de las instituciones públicas que habían depositado en él su confianza para dirigir los festivales le convirtieron en un agente decisivo para que muchos de los más importantes cineastas contemporáneos pudieran ser conocidos y estudiados en nuestro país. Sus festivales nunca fueron un cajón de sastre ni un escaparate lleno de servidumbres. Lo que nos proponían era una lectura personal, una forma determinada y específica de entender lo que estaba pasando de más interesante y de más vivo en el cine de su presente, pero también una reinterpretación contemporánea de la Historia del cine.
No era solo un magnífico programador. Y tampoco solo un audaz director de festivales y un brillante gestor cultural. Era una piedra angular –de talante cosmopolita, moderno, avanzado y visionario– para la vida cultural de nuestro país, siempre tan cateta y tan provinciana. ¡Cuánto le vamos a echar de menos...! n
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