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Opinión | Crónicas de barrio

La plaza de Florencio Rodríguez

Escenas de la vida cotidiana

Esta plaza es pequeña, parece un refugio discreto y un escaparate del barrio. A las cinco y media de la tarde, el cielo se tiñe de azul y nubes blancas, y una luz suave acaricia el Sagrado Corazón, donde el sol aún golpea la piedra con paciencia. Me siento en un banco de hierro y cemento, y dos jubilados, sentados como centinelas de la plaza, parecen custodiar historias que ya se fueron.

El parterre muestra sus plantas y dos pinos jóvenes que quieren crecer deprisa. La fuente redonda intenta traer paz, con su chorro alto y los cuatro más bajos, pero su murmullo se impone, insistente, como un visitante que no sabe retirarse.

La plaza vive por quienes la habitan. Un niño en patinete azul da vueltas, marcando su propio ritmo. Tres chavales charlan en un banco, una pareja sudorosa se sienta cerca, y un chico tatuado oculta un pasado difícil. El señor de la moto Karma llega con su mujer, su bichón maltés y un helado que se lo toma con prisa. Otro vecino controla a sus perros, mientras un anciano avanza despacio pero seguro con bastón y gorra blanca.

El aire trae olores distintos: tabaco, comida cercana, en Manuela, caricias al perro. Manos que gesticulan, otras que buscan refugio en los bolsillos. Voces de chicas rompen la tarde, risas alrededor de una foto levantan el ánimo. Un coche pita en Munuza, un pajarillo canta, una madre intenta calmar a su hija llorando en el cochecito.

La farmacia a la derecha está abierta, el banco Santander calla a la izquierda. La plaza se encoge entre fachadas, pero late con fuerza. No hay monumentos grandiosos, solo saludos que pesan más que los años, confidencias que encuentran asiento, risas que levantan la tarde. Aquí todo se guarda. Aquí todo vive. Y la vida cotidiana del barrio sigue.

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