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Cuento de navidad

Cuentan que, en aquel viejo Londres victoriano, un anciano avaro recibió la visita de tres espíritus empeñados en mostrarle lo que fue, lo que es y lo que podría ser. Si Dickens hubiese nacido en Gijón, quizá habría escrito una historia parecida. Una pequeña diferencia, los fantasmas de nuestra villa no llamarían a la ventana de Ebenezer Scrooge. Los pasillos de nuestro consistorio sería el lugar de encuentro. Recorrerían los pasillos en la búsqueda de la puerta de alcaldía. Tomarían asiento en el despacho de Carmen y mostrarían la cruda realidad de una ciudad que parece caminar entre la nostalgia, la confusión y un porvenir que no termina nunca de cuajar.

El Espíritu del Gijón Pasado sería un guía peculiar. No vendría para hablar de tradiciones románticas, sino para mostrarnos los proyectos que alguna vez se prometieron y que nunca veríamos realizados. Un paseo por maquetas archivadas, titulares envejecidos y anuncios solemnes que hoy ya nadie recuerda. No faltaría un paseo por la Zalia, los túneles del metrotrén o los campos expropiados de lo que debía ser el vial de Jove.

Como si cada legislatura hubiese escrito su propio capítulo inconcluso, dejando a la ciudad atrapada en una estantería llena de sueños detenidos. Nada más peligroso para una comunidad que acostumbrarse a no esperar nada: la desilusión, cuando se hace costumbre, es una forma silenciosa de derrota.

Después llegaría el Espíritu del Gijón Presente, quizá el más burlón de los tres. Nos enseñaría las promesas del ahora. Relucientes, pero efímeras. Diseñadas para alimentar titulares más que para transformar la realidad. Nos mostraría cómo la política performativa, esa que vive más en las redes que en las calles, intenta convencernos de que se está haciendo mucho cuando el día a día poco o nada nos presenta. Nos enfrentaría a esa desconfianza acumulada del "esto también quedará en nada". La ciudadanía aprendió a protegerse esperando poco o casi nada. Un aprendizaje que pesa más que cualquier discurso.

Y finalmente llegaría el más esquivo de todos: el Espíritu del Gijón Futuro. Su figura aparecería borrosa, como si ni él mismo estuviera seguro de existir. Mostrarnos un porvenir digno exigiría antes una ciudad que creyera en sí misma. Pero la niebla de la desafección apenas deja ver más allá de mañana. ¿Cómo construir el futuro si no confiamos en quienes deben hacerlo posible?

Tal vez, como en el cuento original, la moraleja reside en comprender que aún estamos a tiempo. Que el pasado debe enseñarnos, el presente interpelarnos y el futuro convocarnos. Que Gijón necesita volver a creer para volver a avanzar.

Porque ninguna ciudad cambia por obra de los fantasmas, pero sí por la voluntad —y la valentía— de quienes la habitan. ¿Seremos capaces? n

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