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El periodista que entendió el espíritu de Gijón

Una mirada actual a Francisco Carantoña Dubert

El pasado día 8 hace 28 años que murió don Francisco Carantoña Dubert, faro de la Asturias de la segunda mitad del siglo XX, al que admirábamos, queríamos y del que aprendimos desde su subjetividad profundamente objetiva. Todo lo que él fue, fue posible porque era noble, con inteligente visión y sentido del equilibrio.

Él vio la necesidad de sacar a Asturias de un marasmo imbricado dentro de nuestra alma colectiva que debía cambiarse por una abierta, innovadora y competitiva, lo que exigía, y exige, un pensar libre e independiente. Con lúcida sensatez, durante aquellos años nos guió por el mundo de nuestros valores colectivos al utilizar su sutil mano y su fuerte pluma para transmitir la imagen de una Asturias culta, sentimental, generosa, trabajadora y participativa, que tanto prestigio y simpatía nos dan fuera.

Su gran influencia se debió a que, por su sencillez inteligente, siendo gallego se hizo asturiano, pues enseguida se dio cuenta que Gijón, por encima de sus peculiaridades y por encima de sus divisiones, no tenía secreto si uno se integraba en ella como sin querer. Entendió también que el humano siempre es el mismo y que las dificultades se derivan más de querer aplicar nuestras rutinas en lugar de lo que pide el acontecer. Era, tal como señaló su hijo Francisco, un gijonés nacido en Muros de San Pedro. Y como también dijo él "a mi padre le gustaba definirse como "liberal conservador". Liberal en el sentido original del concepto político: amante de la libertad.

Hace nueve años la autoridad portuaria de Gijón, para lo que fue esencial su actual director don José Luis Barettino Coloma, repuso una escultura que es el bronce del libro "Semblanza de Gijón". Él está en Lequerica y Till podrá leerlo mientras oye el rugir de las olas, siente la espuma de los cachones en su cara y planean a su alrededor las gaviotas. Al notar, en los silenciosos muelles actuales, a esas gaviotas se entristecería por la muerte de lo que siempre fue fuente de vida para Gijón: el puerto de una región que ha renunciado a ser la puerta de Europa para convertirse en un museo del pasado.

Si don Francisco aún viviese, estaría defendiendo el camino hacia la prosperidad fundamentado en el discernimiento, la voluntad y el trabajo en equipo, construido desde la realidad y no desde entelequias o, lo que es peor, desde miopes conveniencias egoístas.

Al final de los años 90 él nos dijo que hay que mirar de frente y no como avestruces. Por eso se dio cuenta de que no se podía vivir de lo mismo que nos había llevado a la gran reconversión. Por ello hubiera visto a nuestro puerto como un gran Hub: de contenedores, tráficos con futuro, e industrial de la última generación. Por el contrario, se construyó uno granelero para unos tráficos utópicos: hoy hay que darle vida, tras recordar que el noroeste de la península es el núcleo del arco Atlántico, que tiene una dimensión para ser algo en el mundo.

Para Asturias, él hubiera buscado nuevas fuentes de vida basadas en la innovación, la competitividad y en una economía abierta al mundo, en vez de en una extractiva que vive a la sombra de las grandes empresas.

Ni a Gijón la hubiera visto como a una ciudad dormitorio o un geriátrico, ni a Asturias como una reserva turística, sino a ambas como una amalgama de industria, territorio y turismo. Por eso hubiera planteado una estrategia para que el dinero que nos llegase fuese utilizado para cambiar de paradigmas y no para mantener a la gente anestesiada en su viejo mundo. Es decir, hubiera pedido tener una estrategia de futuro tras saber de dónde venimos, a donde vamos, a donde queremos ir y de que disponemos, para desde allí abordar acciones nacidas de ofertas, racionales y creíbles. No hubiera tolerado gastar los fondos mineros en actividades inútiles, los posteriores igual: y los actuales lo mismo. También se hubiese dado cuenta de que sectores tales como el turismo son excelentes pero que una tierra no tiene solidez sin una mezcla con una base industrial.

Habría denunciado la tonta política de destrozar nuestra casa (energía e industria) antes de tener la nueva (verde progresista, innovadora, transformadora y digital) con nuestras fuentes de energía y también con el resto de las infraestructuras físicas (logísticas, la red ferroviaria estratégica aprobada por la UE, las autopistas ferroviarias y la Zalia, así como las marítimas, pues nuestros puertos están desconectados de agua, de creación de energía, parques de baterías o redes eléctricas) y digitales…

Pediría también que creásemos nuevas industrias en un mundo en el que hoy compiten cadenas logísticas. Igualmente hubiera dicho que, aunque todo nace de una tierra que quiere pueblo, lo principal es nuestra capacidad de trabajo y nuestro rumbo pues el futuro se hace buscando objetivos y consiguiéndolos, no haciendo promesas que después nunca se cumplen, o anunciando la llegada de magos (ahora la industria de defensa) que nos lo regalarán todo para desaparecer sin dejar rastro.

En síntesis, nos recordaría que para llegar a la felicidad hay que luchar por ella porque si no cuando creamos abrirle la puerta nos encontraremos con la muerte.

Añadimos que él les diría a nuestros líderes políticos que Asturias y España son lo primero, por lo que su obligación es luchar por el bienestar de los ciudadanos y no la de ser sicarios de los respectivos jefes de sus partidos, tras subordinar a la propia conveniencia los intereses del pueblo para después enredarlo con promesas, apoyadas en satisfacer los egoísmos irreflexivos para que la gente los vote, aunque la lleven al precipicio.

Con la misma sinceridad les diría a nuestras clases económicamente dominantes que deberían olvidar su egoísmo, localismo, endogamia, servilismo y clientelismo.

Tenemos la certeza de que hoy estará lanzando rayos y centellas desde el cielo de Gijón, desde el Cerro de Santa Catalina.

Pasamos desde nuestra furia a la oda-égloga para, desde lo más profundo de nuestro sentimiento, recordar a la persona que mejor entendió el espíritu de Gijón, para ello trastocamos ligeramente el párrafo que cierra su libro "Semblanza de Gijón".

"Si esto fuera un cuadro de El Greco, llegaría ahora un rompimiento, explosión de luz sobrenatural entre las nubes, y allí asomarían los rostros llenos de resplandor de Jovellanos y de Carantoña. A ellos podríamos preguntarles por el enigma último de su ciudad, y es seguro que habrían de respondernos así: no intentéis entenderla. Amadla tan solo. Este es nuestro secreto".

Enviamos al cielo nuestra oración de diciembre de 1998: "Sabemos que Carantoña nos mirará y nos sonreirá desde cualquier fuente, desde cualquier cabaña, desde detrás de cualquier roble, pues Carantoña es ya parte del cielo, de ese cielo Celta que en los pueblos cantábricos, desde Galicia hasta Escocia, está formado por colinas, mar, niebla, acantilados, árboles y cuevas".

Y como él sigue aquí eternamente, os rogamos a todos que vayáis a Begoña y lo saludéis, que después os acerquéis al muelle de Lequerica y le recéis un padre nuestro y que, como última estación, subáis al Cerro de Santa Catalina y desde de su centro miréis al cielo, pues en él, justo sobre ese sitio, está don Francisco.

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