Opinión
Pensamiento mágico
En mis años de estudiante el día antes de un examen que no llevaba muy bien preparado (probablemente sería de Ciencias naturales) no era raro que pasara la tarde tratando de encestar diez veces seguidas una pelota en una papelera que colocaba a una distancia ni muy cercana para que la misión fuera excesivamente fácil, ni tan lejana que no existiera ninguna posibilidad de ser realizada con éxito. Pensaba que si lograba mi propósito iba a aprobar al día siguiente. Y así me pasaba la tarde hasta que finalmente lo conseguía y durante un corto periodo de tiempo tenía muy claro que nada podía salir mal; me iba a cenar muy tranquilo, sin por supuesto haber abierto el libro, y solo al día siguiente, cuando tenía las preguntas delante, me daba cuenta de que igual hubiera sido mejor dedicar la tarde anterior a otros menesteres.
Cuando el sábado vi a Gelabert ponerse tan contento después de conducir el balón desde el medio del campo, amagar a un par de rivales y marcar desde la frontal del área un golazo que nos dió los tres puntos contra el Granada, pensaba que el pobre iluso no tiene ni idea de que el gol me lo debe a mí que en el minuto ochenta decidí que los últimos minutos del partido los iba a ver de pie en vez de sentado.
La primera vez que leí algo sobre el pensamiento mágico fue en el maravilloso libro del autor colombiano Héctor Abad Faciolince, "El olvido que seremos". Cuenta la historia del padre del escritor, un doctor muy concienciado con la salud pública y con el rigor de la ciencia médica, y alejado de las supersticiones a las que sin embargo recurre cuando su hija enferma gravemente y la medicina no le da las soluciones que necesita. Poco después leí uno de los libros que más me han impresionado nunca, "El año del pensamiento mágico", de la escritora norteamericana Joan Didion. La autora se sienta a cenar con su marido John la noche del 30 de diciembre de 2003 y de repente John muere. Venían de ver a su única hija, ingresada en la UCI de un hospital de Nueva York. Nueve meses después de esa noche, comienza a escribir cómo es la pena que siente, cómo el duelo además de un estado sentimental es un estado físico, cómo para poder superar ese inmenso dolor nuestra mente puede recurrir a lo más irracional.
El pensamiento mágico pudo servirme para mis engaños adolescentes o mis supersticiones futboleras o para que personas tan admirables como los escritores citados compongan obras de tanto calado. Lo que no puede servir nunca es para que nuestras clases políticas, ya sean nacionales, provinciales o locales, tomen decisiones. A veces, no puedo evitarlo, las imagino tratando de encestar diez veces seguidas una pelota en una papelera.
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