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Machirulismo ilustrado

Lo peor de la ristra de cargos públicos o señores de gran visibilidad que están teniendo que irse por la puerta de atrás ante las acusaciones de acoso a mujeres en su entorno de trabajo o militancia, es que se van creyendo firmemente que no han hecho nada y, por tanto, se sienten víctimas de una injusticia, motivada quién sabe por qué tejemanejes a los que han sido cándidamente ajenos.

Esta negación del auténtico significado de sus actos es una ración suplementaria de daño a aquellas que han tenido que aguantarles, entre otras cosas porque las subestima y desacredita. Y es también un rebuzno postrero antes del mutis por el foro; vencidos, pero auto reafirmados. Y así, el potencial ejemplarizante de estos acontecimientos acaba retroalimentando el machismo y sus múltiples caspas.

El hecho de que se hayan concentrado en el tiempo varios casos en el seno de un partido, el PSOE y esto haya irrumpido en el rifirrafe político, fundamentalmente de la mano del PP, tampoco ayuda nada. Porque estos toros nunca se pueden mirar desde la barrera, en el momento más inesperado la saltan y te cornean en tu espacio presuntamente libre de agresiones. En vez de enfocar el asunto con humildad y pedagogía, se baja a la arena a enmierdar.

De hecho, intuyo que, a estas alturas, hay señores de muy diversa extracción y filiación ideológica haciéndose inconfesables cuentas de cabeza sobre con quiénes, cuándo y cuántas palabritas encendidas han brindado a compañeras o colaboradoras, cuántos gestos inocentes y bromitas que ellas parecían encajar bien, todo desde la confianza y el afecto, echando unas risas. A ver si ahora van a salir por peteneras.

No digo nada de quienes saben que tienen en su haber auténticos asedios a aquella que tanto les ponía y que, rayos, quizás guarde aquel mensaje, aquellas fotos fruto de momentos de humana y masculina debilidad. Una galantería, un juego de seducción entre adultos, dónde está el problema, caramba.

Tristemente no hay mujer que no haya tenido que lidiar con babosos, algunos esquivables y otros menos, porque la víctima está dentro de su parcela de poder y los equilibrios de fuerzas ofrecen siempre impunidad. Es entonces cuando las presuntas gracias se convierten en una auténtica tortura.

Por si fueran pocas las tristezas, la definitiva es encontrarse machirulos de nuevo cuño. No los patanes de manual sino una versión 4.0, contemporánea, ilustrada, presuntamente sensible con la causa de la igualdad. La legal, la efectiva, la de quinta ola, la pluscuamperfecta.

Machirulos con barniz feminista, que manejan conceptos al mismo tiempo que soban, susurran, rozan, echan el aliento, celebran el sonrojo, se vuelven ubicuos, escalan en el ardor, juegan a los equívocos, se contrarían con un no, recrudecen las artes, arremeten.

Eso duele como una puñalada trapera.

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