Opinión | Tormenta de ideas
Música
Hace tanto, tanto tiempo… Ya no oigo música, ya no canto. Mi voz se queda ahogada en la garganta, mezclada con sollozos, con desesperación, con gritos que no pueden escapar, que no deben. Con miedos, responsabilidades, prisas, dolores de los que ensombrecen el alma, de los que callan para siempre la música. Esa música que ha sido mi vida. La oí en mi infancia, siempre, con mis hermanas, con la maravillosa voz de mamá, con la voz profunda de papá, que tanto recuerdo en estas fechas con ese villancico que no puedo ni siquiera oír. Yo me transformaba al cantar. Sentía cada nota, cada verso de la canción. Me fundía con ella. Me hacía tan, tan feliz. Creo que estos años me ha hecho enmudecer el no poder (o no querer) volver a sentir esa felicidad que sentía con cada canción. No me lo he permitido. Oír las letras que me hacían llorar, o bailar y sentir que todo podía suceder. Pero el tiempo no me ha dejado volver a sentirme así. La vida me ha hecho rendirme tantas veces que el cansancio ante tanta lucha es, quizás, la causa de que el placer de sentirme tan yo, tan Isabel, la de siempre (la que nunca dejaba de soñar, de cantar) haya desaparecido desde hace ya demasiado tiempo.
Son las dos de la mañana, perdónenme, pero necesito escribir. He visto "La Voz" en televisión, por primera vez en muchos años, y me he dejado llevar. Y miro el micrófono que me regaló mi hijo hace años y que ahora ni siquiera sé conectar. Siempre me refugiaba en él, con el karaoke aquí en casa, para desahogarme, para sentirme bien cuando las fuerzas flaqueaban. Cuando el padre de mis hijos me oía cantar a voz en grito, sabía que yo había vuelto. Ahora, ni siquiera escucho música. Hasta hoy. Es un intento de ahorrar emociones, porque me sobran. Trato de pasar de puntillas por los sentimientos, para no hacerme daño, para no hacérselo a los demás. Pero hoy, de casualidad, he vuelto. He vibrado con "La Voz". Me he propuesto volver. Creer que, aunque afónica por ahogar tantas palabras, tantos sollozos, tanta rabia, tanta pena, puedo volver a sentirme con fuerza para regresar a ella. A la música. A mi música. Con la que canté en la casa de mi infancia, cuando el amor de mis padres calentaba mi voz. Volver a esa música que tanto he bailado con él, con la que me he enamorado, con la que he acompañado los sueños de mis hijos, de mis nietos, en cada nana. Volveré a cantar. A bailar. A vivir.
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