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Opinión | Crónicas de barrio

Si el Rey fuera mi amigo

Si los creyentes creyéramos de veras en la Navidad, haríamos hermosos disparates, de esos que no entran en los reglamentos pero sí en el corazón. Como aquel año en que la Navidad cayó en viernes y San Francisco de Asís se saltó el ayuno sin pedir permiso, porque la alegría, cuando es verdadera, pesa más que cualquier norma escrita. Se sentó en la Porciúncula con el hermano Morico, que era hombre callado y bueno, y le dijo, como quien habla de cosas importantes:

–Si el Rey fuera mi amigo, le pediría que sembrara trigo en los patios para que comieran los pájaros. Que a las bestias se las lavara con agua tibia y se les diera doble ración.s Que los ricos abrieran las puertas de sus casas y sirvieran la mesa a los pobres. Y que la alegría, esa que escasea tanto, se repartiera por el mundo entero.

Todavía hay quien piensa que el cristianismo ha venido a entristecer a la gente. Y no es verdad. El cristianismo vino a decirnos que somos queridos, incluso cuando fallamos, incluso cuando no damos la talla. Esa es la alegría.

Lo peor fue que Dios vino a los suyos y no lo reconocieron. ¿Un niño? Si hubiera llegado vestido de obispo, de boticario o de guardia civil, quizá habría sido distinto. Pero un bebé no impone respeto.

Y hoy, en el barrio de cada día, donde el frío aprieta y la soledad se sienta a esperar, tampoco lo reconocemos. Está en Geli sirviendo un café, en Benjamín avanzando despacio con sus muletas, en Aquilino, jubilado puntual al saludo, en la señora Carmen, que ha cumplido cien años sin perder la bondad, en ese coro que canta sin saber si pisa cielo o tierra.

Por eso, si Dios fuera mi amigo, solo le pediría una cosa: que nos devolviera el corazón de cuando éramos niños. La alegría vendría sola, como la nieve callada sobre los tejados, como un villancico despertando a los corazones dormidos.

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