Opinión | El disfraz de las mentiras
Compañeros del alma, compañeros
"Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada." Fue en séptimo u octavo de EGB cuando me aprendí estos versos. Lo hice de la manera en la que memorizábamos la lista de las preposiciones, la fórmula de la ecuación de segundo grado o el nombre de todos los Borbones.
En el instituto, quizá en el verano de tercero a COU, fui con un amigo al cine María Cristina a ver la película "Cuenta conmigo". La vimos en la parte de arriba sin más presencia que la del acomodador. La sensación que me trasmitió la describe muy bien Isabel Coixet: "Aquella película sobre cuatro chavales buscando un cadáver en el verano de 1959 tenía la temperatura exacta: ni nostalgia empalagosa ni cinismo posmoderno. Solo la tristeza nítida de saber que crecer es, sobre todo, perder cosas".
Pocos años después crecí porque empecé a perder. Fui afortunado porque se fueron aquellos a los que en cierta manera les tocaba: mis abuelas y mi tío abuelo al que le debo el nombre y un buen número de recuerdos hermosos. Los versos de Miguel Hernández los comprendí en el amanecer del dos de junio del año 2001 cuando madrugó la madrugada en forma de una llamada de teléfono que me contaba que mi amigo del alma, mi compañero, acababa de fallecer de manera repentina.
Escribe Manuel Vilas en un libro que se publicará en breve, "Islandia", que "Vivir es ver morir y olvidar a la gente que se muere, e incluso a los vivos a los que ya no volverás a ver nunca más por la razón que sea", y quiero pensar que no tiene razón y me prometo a mí mismo no olvidar.
Este 2025 al que le quedan apenas setenta horas me va a poner a prueba. Se han ido personas cercanas y queridas. A Javier García Rodríguez le encantaba el escritor norteamericano Foster Wallace y, como cuenta tan bien quien tanto lo quiso, Jaime Priede, le gustaba recordar un discurso en el que contaba la anécdota de dos peces jóvenes que van nadando juntos y se encuentran con otro más viejo que nada en sentido contrario. Este los saluda y dice: "Buenos días muchachos, ¿cómo está el agua?". Los peces jóvenes continúan hasta que uno le pregunta al otro: "¿Qué demonios es el agua?"
Pronto madrugó la madrugada para Javier, para Fran Gayo, para José Luis Cienfuegos, para Xuan Bello. Fran escribió "La Navidad de los lobos" desde un departamento vacío en Buenos Aires mientras recordaba una aldea asturiana hundida en el pasado, una aldea que podría ser la de Paniceiros con la que Xuan nos contó el mundo, una aldea que podría haber sido el origen de todo y que alguien podría haber filmado en una peli de esas que a Cienfuegos tanto le gustaba mostrar desde una butaca y que todos podrían reunirse a comentar en el Gregorio, con Gelu. Seguro que se acordarían de Chano.
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