Opinión
La llamada
El día 30 recibí una llamada. Sí… parece increíble, pero recibí una llamada. Seguro que muchos de ustedes estarán pensando: "¿Qué tiene eso de excepcional?". Una llamada de un compañero de batallas de este último año. Una de esas personas que sigue cultivando las relaciones como a muchas personas de nuestra generación (y ediciones humanas anteriores) nos inculcaron. Dedicar unos minutos para escuchar a los demás siempre fue algo presente en fechas importantes. Una norma no escrita al nivel de la lata de melocotón en almíbar que se llevaba con alegría cuando uno visitaba a alguien.
Esa llamada supuso una inyección de esperanza que rápidamente se diluyó entre los cientos de mensajes que los sistemas de mensajería instantánea anunciaban.
El día 31 pensaba en esto. En cómo consumimos el paso del tiempo sin detenernos a compartir, escuchar y cuidarnos. Mi cabeza se llenaba de mensajes y llamadas no enviadas, de cafés olvidados, de cenas no culminadas, de birras no compartidas… de todas aquellas cosas que cuidan lo que somos más allá del "yo".
Espero que a estas alturas de la lectura hayan pensado en cuántas cosas no han realizado por la premura de nuestros días, por el cansancio acumulado de unas semanas que a duras penas manejamos. ¿Cuántas llamadas han hecho estos días? ¿Cuántas han recibido?
Hoy es día 2 de enero. El tirón inicial de las promesas de año nuevo estará en su prime, en el mejor de los casos. Otros muchos habremos lapidado la buena esperanza del nuevo año en la resaca de ayer.
Y, sin embargo, seguimos prometiéndonos grandes gestos. Cambios profundos. Transformaciones radicales. Quizá porque nos resulta más sencillo imaginar una versión ideal de nosotros mismos que coger el teléfono y marcar un número. Nos proponemos leer más, hacer deporte, cambiar de trabajo o de vida, mientras seguimos aplazando aquello que nos sostiene de verdad: el cuidado mutuo.
Hemos sustituido la conversación por el icono, la escucha por la respuesta rápida, la presencia por la disponibilidad permanente. Estamos conectados, sí, pero cada vez más solos. Nos decimos que no tenemos tiempo cuando, en realidad, lo que hemos perdido es el hábito. El hábito de parar. El hábito de preguntar cómo estás y quedarnos a escuchar la respuesta, incluso cuando no es cómoda.
Tal vez este año no vaya de grandes propósitos ni de listas interminables. Tal vez vaya de recuperar gestos sencillos. De volver a llamar. De aceptar un café, aunque no venga bien. De llegar a una cena, aunque estemos cansados. De cuidar sin agenda.
Porque, al final, no recordaremos cuántos mensajes enviamos ni cuántos objetivos cumplimos. Recordaremos quién estuvo al otro lado cuando sonó el teléfono. Y si alguien decidió, a pesar de todo, descolgar.
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