Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Tormenta de ideas

Resaca

No sé a ustedes, pero a mí la Navidad me deja para ir a una cura de sueño o directamente a una clínica de salud mental. Porque luego llega la posnavidad… y hay que devolver, después de haberte pasado dos meses comprando, como una tonta, por todo el orbe, el regalo que aparece en la carta pero no en el universo (al menos online). Y una, comprendan, con una rodilla preprótesis, no está para andar por las calles.

Esta Navidad los dolores no han dado tregua y me he empastillado hasta las orejas (por orden del médico, eso sí), lo que quiere decir que no estoy muy fina de cabeza. Y mientras pasa todo esto, sigo con las compras, la casa se llena de gente que la deja, evidentemente, para que alguien la recoja (que suelo ser yo), mientras atiendo por teléfono las cosas de mi trabajo, porque no sé por qué, pero sigo en esto cuando en realidad debería estar en una casa de salud.

Pendiente de todos y cada uno de mis hijos y nietos, preocupándome sin cesar, acordándome de si hoy es viernes o sábado o, lo que es peor, domingo y tengo que mandar el artículo al periódico, sin olvidarme de preparar la sección de Onda Cero, de la que a veces ni me acuerdo, como tampoco me acuerdo a ratos de mi nombre. Por eso, el otro día, cuando me hicieron una prueba que requería anestesia total, le pedí un poquito de eso mágico que me hizo estar en la gloria para poder dormirme y despertar, no sé, quizá en verano. O mejor aún, en otro momento de mi vida.

Y es que parece que no. Que las que estamos en casa, con una mano en uno de los churumbeles que pululan por ella, preocupadas por otros que están a miles de kilómetros, escuchando a una madre desesperada por su hijo (mi paciente) que está fuera de sí, no hacemos gran cosa. Al fin y al cabo, trabajas menos, tienes un equipo en la clínica que funciona y una salud cada vez más débil.

Y todo esto tiene que ver con que en muchas casas, si el hombre, el padre o quien sea hace la comida y colabora, es poco menos que un héroe. Pero no se ve que detrás de ese hombre que puede dedicarse a cocinar hay siempre una mujer que preferiría cocinar (si supiera) o comer hierba antes que tener que hacer todo lo que hace sin que absolutamente nadie sea consciente de que lleva meses sin dormir, empastillada porque no hay parte de su cuerpo que no le duela, y tratando de sonreír, jugar y hasta bailar, si se da la circunstancia, porque no hay nada que un Zaldiar y un Arcoxia no mitiguen… ligeramente.

Pues nada, a seguir subiendo y bajando escaleras, recogiendo… y a seguir. Y que conste que esto es un desahogo, no una queja, porque sé perfectamente que soy una privilegiada, pero, palabrita del Niño Jesús, que llevo cinco años que me cuesta un pelín decirlo.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents