Opinión | La trastienda
Que la tristeza no se instale en esta ciudad
Dicen que hoy es el día más triste del año y, más allá de la fórmula matemática que llegó a tal conclusión y a la que no dedicaré ni un minuto, la confluencia de lunes, pocas horas de sol y noticias poco tranquilizadoras, hacen un escenario en el que la tristeza puede deambular llenándolo todo de gris silencioso.
La tristeza es un sentimiento muy personal. Existe una habitación propia donde están las causas, las razones, las circunstancias que la provocan y que no siempre queremos mirar a la cara, porque entre la tristeza y el dolor no hay fácil elección.
Pero además está la tristeza colectiva, grupal, diría que hay una tristeza de ciudad, porque las emociones no habitan en el vacío y se contagian en el espacio que habitas cuando empieza a fundirse en negro sin más esperanza que el que pasen los días hasta el próximo festejo o los días de sol. Las calles no vibran a media tarde, las conversaciones añoran tiempos pasados que recordamos ilusionantes, y solo llegan pruebas de que la ciudad va sin rumbo.
De esa tristeza social son responsables los gobiernos. Si hay una tarea que debería impregnar a cualquiera de ellos es procurar felicidad a las personas, conseguir mejorar sus vidas para que la estabilidad, la seguridad y la confianza en el futuro aporten argumentos incluso en el lunes más oscuro del año.
Cuando no se avanza en los proyectos centrales de la ciudad y la culpa siempre la tiene otro, haciendo como máximo esfuerzo el envío de cartas desde el despacho que mira al mar porque ir a pelear a los despachos de Madrid resulta ¿incómodo?, cuando los proyectos prometidos se quedan en nada o como mucho en agujeros, físicos y económicos; cuando se cambia y rectifica sin saber qué criterio se siguió para la primera decisión y cual para la rectificación de la misma, la inseguridad se instala en la ciudad, porque no es fiable que lleguemos donde nos prometieron, ni siquiera que lo intenten con todos sus medios o, mucho más grave, que sepan dónde quieren llevar la ciudad. Eso sí el marketing lo dominan y el reciclaje también: proyectos de hace tres años volverán dentro de uno a nutrir un programa electoral tan escuchado como caduco.
Y además están las formas. Algunas personas queremos vivir en una sociedad en la que el respeto a la palabra dada y al acuerdo firmado sea norma, en el que la lealtad al proyecto, al programa, pero sobre todo a las personas con las que lo compartes no tenga fisuras. Sobre esos valores se puede asentar una convivencia sana. Todo lo contrario a cómo se comportan los socios de Gobierno de Gijón dando, semana si y la siguiente también, un espectáculo insano, nada ejemplar, lleno de supremacía y sumisión. La tristeza no se irá porque mañana sea martes.
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