Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Comentarios al paso

Muerte(s) de cine (III)

"La muerte tenía un precio"

Le gustaba atestiguar que sostuvo a la muerte en brazos por vez primera con 70 años cumplidos. Era la madrugada del 26 de noviembre de 2024. Entró en el dormitorio. Se arrastró un rato por el suelo. Jadeaba. Un espasmo subitáneo tronchó su aliento, chascó su lengua. A él le arruinó el abrazo apremiante alrededor de aquel lomo derrotado y las caricias impostergables que surcaban la hendidura de aquella testa apática. La del padre, la muerte, sucedió a distancia. Una embolia lo tumbó en la orilla de la carretera de regreso al hogar, mientras él asistía a la escuela. Ese día lejano durmió en casa de la abuela materna. Evitaron a toda costa que el niño se enfrentara a ella. La de la madre, la muerte, ocurrió en una cama de hospital mientras él, ya muy adulto, dormía en la de al lado. Dormía el hombre, dormía sin atreverse a velarle los ojos abiertos. La muerte de la madre lo pilló vergonzosamente dormido. Las demás muertes tangenciales se resumían en liturgias periféricas y ritos gentiles. Solo esta reciente de la fecha señalada acudió a su encuentro, se depositó en sus brazos, encarnada en el perro. Entonces comprendió, demasiado tarde por fortuna, que el precio de la muerte se calcula por los sumandos de dolor que se registran en los seres aún vivos. Y anidan.

"¿Quo vadis?"

¿A dónde vas, señora mía, con el culo incrustado en esa silla de ruedas que te prescribió la Seguridad Social –larga vida a la Seguridad Social–, empujada por los brazos rudos y compasivos de tu yerno, con la cabeza caída sobre el pecho como un peso muerto, con la mirada perdida en las innumerables baldosas de las aceras de una ciudad sucia, como todas, con el pensamiento, suponemos, ido hacia el vacío infinito –ese abismo que los creyentes catalogan como eternidad– que te aguarda impaciente? ¿A dónde vas, señor mío, hinchado de prosas al paso, henchido de versos peliculeros, casi neronianos, la vida gastada en un periquete anodino sin gesta que celebrar, sin éxito, fracaso o incendio que llevarte a la boca, dime a dónde cojones vas, señor mío?

"El viaje a ninguna parte"

Le entró de repente una prisa acuciante por mejorar el mundo. Justo en el momento en que le diagnosticaron un cáncer de páncreas. Contra todo pronóstico, tres años después mantenía idéntica ambición, aunque le advirtiéramos, un día sí y otro también, de la inutilidad de su empeño. Y que bastante tenía con perseguir los tumores malignos que se escurrían por sus vísceras .

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents