Opinión
Tiempo de despedidas
El ámbito eclesial local ha estado marcado estos días por dos tristes despedidas. Por un lado, una comunidad de religiosas, la de las Terciarias Capuchinas, ha puesto fin, por falta de relevo generacional, a su presencia en la villa, donde durante años ha sido puntal crucial para el buen funcionamiento del Albergue Covadonga. Más triste fue la despedida, tras una corta pero fulminante enfermedad, de un conocido sacerdote, Donvi, que, con peculiar estilo y cruzando nuestras calles sobre su bicicleta, llevaba décadas vinculado a distintas parroquias del concejo.
Con motivo de la marcha en el Albergue este diario publicó un extenso reportaje sobre las comunidades femeninas aún existentes en la ciudad, atendiendo importantes iniciativas sociales, educativas, o dedicadas a la contemplación. Aún numerosas no puede obviarse, como constatación evidente, la elevada media de edad de sus integrantes, y un escaso relevo que llega con cuentagotas y, en no pocos casos, sólo mediante la importación de vocaciones foráneas. Las comunidades religiosas masculinas, que mantienen otras tantas parroquias y un colegio, tampoco viven tiempos mejores, y se reducen a tres: Carmelitas, Capuchinos y Misioneros del Corazón de María. Sonada fue la marcha, hace escasos años, de los jesuitas. Aunque conservan sus obras en la ciudad, en gran parte ya en manos de seglares y con un seguimiento en remoto, en estos tiempos de teletrabajo y reuniones virtuales, desde la única comunidad residente en la capital del Principado.
Debo confesar que en el caso del sacerdote fallecido, a quien su jovialidad parecía desmentir, me ha sorprendido constatar que siguiera al frente de cuatro parroquias en los alrededores de la ciudad, y colaborando con otras actividades pastorales en el núcleo urbano donde residía, habiendo superado ya los ochenta años. Canónicamente los sacerdotes deben presentar al obispo la renuncia a sus funciones al cumplir la edad de setenta y cinco años, edad ya más que respetable en comparación con la de jubilación civil.
Pero la realidad en nuestra diócesis, y ante la escasez de vocaciones, es que muchos de ellos, como era el caso de Donvi, continúan al frente de sus obligaciones pastorales y parroquiales mientras sus condiciones físicas se lo permiten, y se despiden con las botas puestas. Esta excepcionalidad obliga a pensar que, a corto o medio plazo, se hará necesaria una reestructuración a fondo del panorama parroquial de la diócesis, más allá del tímido y limitado intento de agrupación en unidades pastorales, a fin de lograr una distribución más eficaz de sus limitados efectivos que, por lógica, habrán de concentrar sus esfuerzos en los núcleos más poblados. Sin abandonar por ello las parroquias rurales que, en nuestra región, son muy numerosas pero dispersas y cada vez menos pobladas. Harán falta buenas dosis de imaginación, trabajo y mano izquierda.
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