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Opinión | Crónicas de barrio

La vejez no da tregua

Hay en Emilio Gómez, labrador, una dignidad de árbol antiguo

A Emilio Gómez, viejo labrador, se le ha metido la vejez en el cuerpo sin dar un portazo, con esa parsimonia de la niebla que se encarama por los chopos al clarear. No hubo estrépito. Sencillamente, el mundo comenzó a pesarle en los riñones y los nombres de las calles se le quedaron agazapados en la garganta, como perdices que no quieren saltar a volar. Nada heroico; pura biografía que avanza sin tregua ni lamento alguno.

Ahí está, en el banco de la plaza del Parchís, con sus manos de labriego gastado, zapatos limpios, y ese mirar calmoso de quien ya no aguarda el milagro, sino el tibio recodo del sol. Emilio observa el trasiego con una curiosidad mansa. Para él, la vida ya no es carrera de galgos tras la liebre, sino un poso necesario, una molienda fina que ha dejado el grano limpio.

Sostiene mi amigo que el miedo solo asoma cuando se confunde la quietud con el descarte. Pero él se mantiene firme, como una lumbre de encina vieja que, sin llama, calienta más que el pajar incendiado de la juventud. Envejecer es ir soltando lastre: la prisa, el ansia de figurar. Se pierde el fuelle, sí, pero se gana una perspectiva de pájaro viejo que ya no vuela en balde porque conoce bien los caminos que no conducen a ninguna parte.

Hay en Emilio una dignidad de árbol antiguo. Sigue ahí, cuidando su rincón, preguntando por los otros, perteneciendo al mundo por derecho de permanencia. Porque al final, la vida no es lo que uno guarda en el zurrón, sino ese ensancharse del corazón cuando el cuerpo ya no pide más que un poco de sol y un nombre que lo llame. Sabe Emilio que en este oficio de vivir, lo que cuenta es lo que has dado.

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