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Sueños de ferroviario

Tal vez porque en mi familia abundaron las sobremesas de ferroviario, con sucedidos dramáticos o hilarantes en taquillas, vagones, apeaderos… Quizás porque la casa de mi abuelo maquinista, también la de mis abuelos maternos, estaban a escasos metros de las vías del tren, y su paso marcaba los tiempos como un reloj de péndulo. Tal vez por mi proverbial capacidad infantil para marearme en coches o autobuses, que hizo del tren un oasis. O simplemente porque me recuerdo de niña jugando en raíles y traviesas. Por todo o parte de ello, los accidentes de Adamuz y Gelida tienen en mí un impacto que remueve memoria, afectos y demonios.

Sospecho que nos ha ocurrido a todos de una u otra manera, porque creo firmemente en la fascinación que el tren provoca, con su capacidad de llevarte y traerte creando paréntesis de tiempo para dormitar, leer, disfrutar de un café, descansar la mirada en la prisa del paisaje, charlar o aislarse sin reproches. En el tren se vive mientras se viaja como no sucede en ningún otro medio de transporte.

Así que tal vez éstas podrían ser unas líneas para recordar nuestras cuentas pendientes con el universo ferroviario. Que desde que la antigua estación de Gijón se convirtió en museo no hemos hecho otra cosa que añorar. No ha habido otro espacio verdaderamente digno, moderno, interconectado, de arquitectura atractiva, para nuestra comunicación por tren. Que campan matorrales, basuras y sinhogarismos en la tierra de nadie que ha acabado siendo la barrera ferroviaria que se iba suprimir.

Pero quiero que sean éstas unas palabras, no sólo para honrar la memoria de tantas vidas truncadas, también para comprender la punzada en el estómago de quienes estos días, en Gijón, en cualquier punto de este país nuestro atravesado de catenarias, han subido al tren a trabajar. Como lo hizo el maquinista del Alvia o el aprendiz de Rodalies, a quienes un destino impaciente segó sus sueños de ferroviario.

La huelga convocada por el sindicato de maquinistas clama por una seguridad puesta en duda hasta que haya respuestas a todo lo ocurrido y garantías de prevención. Pero creo que también surge de la necesidad de espantar públicamente los demonios que se agitan en quienes se ponen al frente de un tren como modo de vida. Esos demonios existen, asomaban cuando mi tío ferroviario rememoraba esos incidentes que les aterran, y muy especialmente cuando recordaba el terrorífico accidente de 1944: varios trenes colisionando y ardiendo dentro de un túnel en Torre del Bierzo, la cifra de fallecidos superó el centenar.

Llegarán los convoyes de levitación magnética que ya cruzan China, los vagones volarán a ras de vías, pero nuestro idilio con el tren seguirá igualmente sostenido por viejos sueños de ferroviario.

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