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Cuando el autobús no para de frenar

Nuestras asociaciones son palancas necesarias de las que tirar en una ciudad que no quiere resignarse al piloto automático

Ni las películas nos las cuentan únicamente los actores, ni la política sucede exclusivamente en parlamentos y sedes: la vida –y los cambios reales– ocurren con más frecuencia en otros lugares. A veces, incluso, en una parada de autobús.

En 1942, un productor ideó un recurso cinematográfico que hoy se estudia en todas las escuelas de cine: el Lewton Bus effect. En la escena más icónica de "La mujer pantera", los pasos en la sombra preparan al espectador para el terror bajo la luz de una farola. La tensión crece, el peligro parece inminente y, de repente, no aparece un monstruo sino el brusco ruido de un autobús que frena. El sobresalto no viene de donde se espera, llega desde el interior de la realidad cotidiana, irrumpiendo desde fuera (de campo) pero con fuerza.

Algo parecido ocurre –salvando las distancias– cada semana en el ciclo del Cine Club 60 de la Sociedad Cultural Gijonesa y del FICX. Acudes esperando una actividad sencilla, con poca gente, casi de otro tiempo… y lo que te encuentras es una cola de gente que ya no entra en la sala, debates vivos, generaciones distintas compartiendo imágenes en blanco y negro que siguen hablando de un presente gris con incómoda nitidez. El "autobús" vuelve a frenar: las expectativas se desbordan.

Conducir un autobús te enseña algo fundamental sobre nuestra ciudad: la política real va sentada en los asientos, sube con bolsas de la compra, baja con prisas, observa, conversa, propone o protesta... No lleva siglas en la solapa, pero sí problemas sentidos que no siempre esperan a la siguiente frenada. Vivienda, soledad, salarios, incertidumbre, acceso a la cultura, tiempo para respirar… Por el retrovisor compruebas la distancia creciente entre las disputas en la radio por el mercado electoral –con mucho volantazo pero poco giro de guión– y la vida en común entre dos paradas.

Frente a eso, los espacios de la sociedad civil gijonesa funcionan en la política local como el "efecto autobús" de Lewton. No prometen grandes épicas ni programas cerrados. No buscan el gesto fácil ni el aplauso inmediato. Pero, de pronto, irrumpen. Crean comunidad. Activan conversaciones que no caben en los mítines que se llenan con un 600.

Y lo hacen desde lo cultural, que nunca es "solo" cultural. Una simple proyección puede generar más sentido que un debate televisado porque en ese espacio no se discute para ganar, sino para entender, no hay listas cerradas, sino preguntas abiertas...

La intervención sociopolítica desde estos espacios no sustituye a la política institucional, pero sí la interpela. Menudo sustos se llevan. Les recuerda que existen otros ritmos, otros lenguajes, otras formas de organizarse. Que el bienestar ciudadano no se decreta: se construye colectivamente con imaginación y compromiso.

Como conductor, sé que un autobús no elige el destino solo. Hay un recorrido, unas paradas, unas normas. Pero también sé que sin pasajeros no hay viaje. Y que, a veces, un frenazo a tiempo evita un susto mayor.

Nuestras asociaciones son palancas necesarias de las que tirar en una ciudad que no quiere resignarse al piloto automático. Espacios donde el sobresalto no paraliza, sino que despierta. Donde lo inesperado no asusta, sino que abre las puertas.

Quizá la política del futuro se parezca menos a una campaña electoral y más a una sala de cine un sábado por la tarde. O a un autobús lleno, avanzando por Gijón, cuando alguien decide que ya no basta con frenar a tiempo y que todavía merece la pena pensar –y actuar– más allá de los trucos de la política de serie B.

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