Opinión | El disfraz de las mentiras
Madriguera
A principios de este enero que ya apura sus últimos días la UPTA (Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos) informaba de que en España 13.586 comercios habían cerrado definitivamente sus puertas durante el año 2025. 1132 decisiones difíciles cada mes que seguramente llevaban detrás muchas semanas de incertidumbres, de dudas, de noches sin dormir y de facturas pendientes a las que sus responsables no sabrían muy bien cómo hacer frente. El momento de frenar o huir hacia adelante esperando un golpe de fortuna que en el fondo sabes que no se va a producir.
La semana pasada la librería madrileña del barrio de Malasaña, "Tipos Infames", anunciaba que a mediados de febrero seguiría el mismo camino pues la gentrificación del barrio no les había dado otra opción. Su anuncio salió el mismo día que el Ministro de Cultura anunciaba los buenos datos del informe sobre hábitos de lectura y tuvo un guiño hacia la citada librería, a la que gentes del mundo editorial en España mostraban su apoyo e incluso el cocinero José Andrés hizo un amago de echar un cable.
La semana pasada cerró también sus puertas la librería "La madriguera", en el barrio de Pumarín y que no pudo cumplir los tres años de vida. Como tampoco los pudo conseguir cumplir a finales del año 2024 la librería "La quince" situada en la Calle Alarcón. Por ellas no se interesó ningún famoso cocinero ni creo que llegara a oídos del Ministro su cierre, y sin embargo el drama es el mismo. Tania e Irene, sus responsables, tienen muchas cosas en común, que se resumen en la ilusión con la que abrieron sus puertas y la intención de hacer barrio. Quisieron convertir sus espacios en algo que fuera un poco más allá que la compra y venta de libros. Se implicaron con las personas que las visitaban, organizaron actividades y se dejaron la voz y la salud peleando por un sueño. El colegio Pumarín organiza desde hace un tiempo un Club de Lectura muy especial que une al alumnado con las familias. La idea es que el mismo libro sea leído por un alumno o alumna y por un miembro de su familia para fomentar la comunicación intergeneracional y el amor por la literatura. Esos datos optimistas que se anunciaron la semana pasada son consecuencia, en gran parte, de la labor silenciosa de libreras, de profesores, de bibliotecarias que día a día, idea a idea, luchan por darle visibilidad al libro.
Esa pandemia que ya nos va quedando lejana nos dejó el pasaje desolador de unas calles sin comercio local, sin comercio de proximidad, sin comercio de piel, calor y sonrisa. Esa sonrisa que tienen que dibujar los que nos lo envían en una caja de cartón.
El mundo que al menos a mí me gusta habitar se parece un poco más a una Madriguera.
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