Opinión
Les fiestes de prau, pura tradición
Es una buena noticia que diecisiete Comisiones de fiestas se unan para evitar que les fiestes de prau pierdan el carácter popular que siempre tuvieron y se conviertan en negocios privados.
Recuerdo de guaje a los mozos recaudando fondos casa por casa, la subasta del ramu, que "Jesusón el guardia" convertía en un espectáculo en Deva por Peñafrancia, o a "Jesusín el de la xata" recorriendo todos los pueblos de los alrededores vendiendo papeletas para las fiestas de Castiello. Las fiestas se alargaban tres días, cada uno con su público, la verbena, la fiesta y el fiestín. Son recuerdos de hace más de 60 años, y ya los que por entonces tenían mi edad actual, habían ido de romería siendo niños. Cada pueblo tenía sus fiestas, todas iguales y cada una distinta. Son pura tradición.
Hubo un tiempo en que fuimos tan modernos que las pusimos en peligro. Afortunadamente unos cuantos vecinos entendieron que las fiestas eran un patrimonio a conservar, un nexo que los unía entre ellos y con los pueblos de los alrededores, y consiguieron devolverles el protagonismo que merecen. No les faltan enemigos, la todopoderosa Otea las considera competencia desleal, y varias empresas intentan privatizarlas poniendo en riesgo su carácter popular y la idiosincrasia de cada una. Del mismo modo que las franquicias han hecho que las principales calles de cada ciudad apenas se distingan unas de otras, la privatización de estas fiestas las convertiría en un negocio donde solo sobrevivirían las más rentables.
Que diecisiete comisiones se federen es lo suficientemente importante como para que el Ayuntamiento les preste atención y ayuda, no solo económica, que también, sino administrativa. Que el Ayuntamiento tenga que velar por la seguridad de las fiestas y el cumplimiento de las leyes no significa que tenga que convertir la tramitación de permisos en una carrera de obstáculos, antes bien, tiene que facilitarlos haciendo que la gestión sea sencilla y poniendo a disposición de las comisiones los medios para que no supongan un laberinto para los organizadores. La nueva Federación y el Ayuntamiento tienen que consensuar las reglas del juego para que desde el primer momento las comisiones cuenten con un apoyo municipal que les permita dedicarse a lo importante, a que cada fiesta conserve sus tradiciones particulares, sea lo más brillante posible y forje una cantera de jóvenes que garanticen su continuidad.
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