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Trenes

El tren salía con 30 minutos de retraso. Justo al iniciar la marcha, se detuvo. Los retrasos del día anterior aún resonaban en su cabeza: reuniones perdidas, citas aplazadas. Nadie sabía qué estaba ocurriendo. ¿Cuánto tardaría el tren en llegar a destino? ¿Las causas? Limitación de velocidad, condiciones meteorológicas…

El hombre, aparentemente tranquilo, se levanta. "Perdone", le dice al trabajador de Renfe. La falta de información eleva sus pulsaciones. "Vaya al maquinista y a su jefe o superior y dígales que son unos impresentables". El chico, encargado esa mañana del tren, se afanaba en explicaciones. Siempre con educación. El tono del hombre subía. "Esto es un desastre, nos engañan, la prensa no dice nada, tienen que hacer algo".

Esa mañana no tenía que entrar a trabajar hasta las 12.00. Una llamada. "Por favor, necesitamos cubrir el tren de las 9.27, hubo retrasos ayer y no tenemos disponible a nadie". Conocedor de la situación actual, contesta: "Sin problema. ¿Habrá retrasos?". "Saldrá con minutos de retraso y debemos ir con velocidad reducida… ya sabes… imprevisible". El chico sabía que un día más iba a tener que aguantar enfados justificados, reclamaciones, dar muchas explicaciones. Todo esto con el dolor de un país presente tras la tragedia; después de semanas, meses y años avisando de todo lo que no estaba funcionando para ofrecer un servicio de calidad.

"Señor… ya le he explicado. Tiene toda la razón, y trasladamos constantemente su indignación y la nuestra ¿Qué puedo hacer yo ahora, aquí, por usted?"

Esto, lejos de ser una anécdota, es una constante en nuestros trenes. Un ambiente complejo de gestionar, cargado de una incertidumbre inmediata, difícil de digerir en los tiempos que corren. Personas trabajadoras y viajeras capeando el temporal como buenamente pueden. Momentos de terapia improvisada, de enfado y frustración, que convierten cada viaje en una lotería.

Nuestro viajero no vio calmado su enfado. "¿Cuántos pasajeros cree que van a poner una reclamación?", le dije. "De nada va a servir", me respondió.

La conversación que pude mantener con él estaba llena de razones y de rabia contenida hacia unos gobernantes y un sistema que parecía poner en entredicho. "Aquí nadie dimite, aquí nadie hace nada… esto parece Venezuela, esto parece el tercer mundo"

No quiero ponerme en la piel de ninguna de las personas que, con independencia de su nivel de responsabilidad, trabajan en el sector ferroviario de nuestro país. Como tantas otras veces, ha tenido que ocurrir una desgracia inabarcable para que se tomen medidas, para decelerar nuestras vidas y, quizá, empezar a trabajar en la mejora de una parte esencial de nuestro patrimonio común: la red ferroviaria y una de las empresas públicas más importantes que tenemos.

El tiempo acabará situando y relativizando nuestras vivencias personales, pero las vidas perdidas nunca volverán.

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