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Opinión | Comentarios al paso

Muerte(s) de cine (y IV)

Un recorrido por el séptimo arte

"As bestas"

No siempre fue así. Dicen que, de buenas a primeras, a Serafín lo amoscó una racha de viento malo; atizó una paliza inmensa a su mujer, Susana, se encoñó con Celia, la de La Vaguada, y mordió los belfos de la vaca obstinada que rechazaba unirse al yugo. Todo eso sucedió el día que un viento malo lo enturbió, lo corrompió, lo transformó en malvado. Y así dicen que fue hasta que Susana lo abandonó, Celia lo repudió y las cuatro vacas se proclamaron insumisas a un tiempo. Serafín, entonces, bajó los brazos y los humos, se amustió para siempre. Está por ver si Serafín se consumió al lerdo compás de sus cuatro vacas o se tiró al tren en la prolongada recta de raíles que sigue o antecede a la casa de La Vaguada, según los ritmos machacones de ida y vuelta de la maquinona que tira de la retahíla de vagones. Que lo arrollara la locomotora negra y refulgente del tren o se colgara de la viga maestra de la cuadra, como juraban y perjuraban los más viejos del lugar, no era lo importante. Lo que nadie comentaba, lo relevante del caso era que las cuatro vacas de Serafín, incluida la mala, se esfumaron, se evaporaron, según raros pareceres, engullidas por el vuelo absurdo de un bíblico carro de fuego en medio de un torbellino, el mismo día en que lo atropelló el tren o se ahorcó, en cumplimiento de vaticinios de antiguo.

"Josefina"

Si el tembleque no me deja coger la cuchara; si la comida me llega al estómago a través de tubos de plástico; si observáis que estiro el cuello para escuchar vuestros besos; si de los ojos me cuelgan telarañas; si las heces apestan a moribunda y tenéis que limpiarme el culo embozados; si las piernas se me estancan; si las manos no saben acariciar vuestras nucas; si comprobáis que no soy capaz de olfatear el rastro de las olas, los efluvios de la luna o la tibieza de la tierra; si la voz anda aprisionada en mi pellejo; si los pulmones resoplan como la vieja locomotora de carbón del tren de La Robla a Bilbao y viceversa; si las encías diseñan puras mellas; si la memoria constituye un colmado variopinto que ya no controlo; si me notáis insignificante, menesterosa, apagada…; aunque el corazón lata, os ruego que abortéis este feto de vida sin remilgos ni sujeción a preceptos de dioses veleidosos, os imploro, os exijo que interrumpáis este hálito que expande torturas por el aire que respiráis sin más consideración que la que debéis a los designios de mi consciente, intransferible y suprema libertad.

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