Opinión
Miguel
Porteador incansable de la Semana Santa
En toda organización humana hay siempre personas que, tantas veces de forma casi callada e imperceptible, se convierten en auténticos puntales y piezas clave en el normal funcionamiento de su engranaje. Miguel, que se nos acaba de ir discretamente como por la puerta de atrás, lo fue sin duda en la Hermandad de la Santa Misericordia, en la que dejará un imborrable recuerdo.
Él y su familia estuvieron muy vinculados, ya desde su juventud y en aquellos tiempos del inefable don Boni, a la parroquia mayor de San Pedro. Siempre disponible para echar una mano donde hiciera falta, y con el hombro dispuesto para sacar, cada mes de septiembre, a las copatronas de Cimavilla, los Remedios y la Soledad, en su recorrido por las calles del barrio.
Así que, cuando en 1995 arrancó el movimiento de la recuperación de la Semana Santa gijonesa, Miguel, que había conocido bien aquellas celebraciones en su infancia y adolescencia, fue uno de los llamados naturalmente a involucrarse, y con qué ilusión, en aquel empeño común. Y lo hizo desde la Hermandad de la Misericordia, pasando a jugar un papel omnipresente en su cuadrilla de porteadores. Siempre en sana piquilla con el capataz o jefe de paso, el playu Jacinto, su voz fuerte y alta se escuchó tantas veces con claridad: ¿atención, horquilla!; ¿atención, hombro!, izquierda…
Pero era mucho más. Era el que con experiencia y precisión dirigía cada Jueves Santo la delicada maniobra de descender al Santo Cristo de la Misericordia desde su altar, y retornarlo al mismo al término de la Semana Santa. El que velaba también porque luciera erguido y en su sitio en el paso. El que trepaba por las alturas para abatir, cada víspera de Ramos, la parte alta de la verja de San Pedro. Y, por supuesto, el que con maestría inigualable asumía todos los años la complicada tarea de llevar el volante de las carrozas de la Borriquilla o del Corpus. El que disfrutaba como nadie, cada Martes Santo, de aquel aperitivo y comida fraterna en el Bar Begoña, la "oficina" como él la llamaba, que marcaba la antesala de todos los esfuerzos y emociones que se desbordarían en los días siguientes. Era también el Miguel que, con su afán de perfección, alzaba la voz y rompía en aspavientos cuando algo no se hacía como él entendía que debía hacerse. Una muestra más, sin duda, del cariño y entrega que ponía en todo.
Recuerdo como al concluir alguna de esas tareas, que nadie mejor que él podía asumir, me repetía siempre la misma copla: "ahora tomad nota y aprended, que yo no voy a estar aquí siempre para hacerlo". Nos lo tomábamos algo a broma, porque en nuestra cabeza resultaba inconcebible imaginar una Semana Santa sin su ayuda.
Pero ese momento, por las cosas de la vida, ha llegado. Y lejos de encararlo con amargura, creo que debemos hacerlo dando gracias a Dios por habernos puesto a Miguel en el camino y en nuestras vidas, y pidiéndole que nos conceda seguir su ejemplo de servicio y entrega, sin pedir nunca nada a cambio. Esa es la mejor herencia que deja a su esposa Yane, a su hijo Álvaro, y a esta humilde Hermandad que también nos consideramos parte de su familia.
En recuerdo de Miguel Ángel Fernández Alonso, recientemente fallecido.
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