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Odio

Hice ayer una de esas cosas raras que de tanto en tanto me gusta hacer. Esperando en el aeropuerto quise escuchar el pleno de la Junta General del Principado de Asturias. Lo sé, me va el mambo. Podría haber visto u oído cualquier cosa, pero no… quise interesarme por aquello que entretiene y ocupa a nuestros representantes públicos.

Entre las propuestas una me llamó la atención: la creación de un observatorio sobre el odio. Desconozco los detalles específicos de la misma, pero sí pude observar las distintas intervenciones y posicionamientos.

Un asunto como el planteado, que se sustenta en un reto y realidad de nuestros tiempos, parecía a priori que iba a gozar de un gran consenso entre nuestros diputados y diputadas. Nada más lejos de la realidad. Las trincheras ideológicas de cada partido quedaron claras. El sesgo del “y tú más” no se hizo esperar, en algún caso aderezado con fotos que querían ejemplificar situaciones de odio provocadas por otros.

Cuesta entender que un mundo tan complejo, tan hiperconectado y acelerado, que no estamos sabiendo digerir, se aborde desde categorías tan simples y cómodas. Como si el odio fuese siempre patrimonio del adversario político, una suerte de arma arrojadiza que solo mancha al de enfrente y nunca a quien la empuña. Como si el problema no nos atravesara de forma mucho más profunda, cotidiana y transversal.

El odio no suele anunciarse a gritos. Rara vez irrumpe de golpe. Se cuela poco a poco en conversaciones aparentemente inofensivas, en chascarrillos repetidos sin reflexión, en titulares diseñados para confirmar lo que ya creemos. Se normaliza cuando señalamos, cuando generalizamos, cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver etiquetas. Cuando el miedo encuentra un relato sencillo al que agarrarse.

No hablamos solo de agresiones explícitas o de delitos que ocupan portadas. Hablamos de un clima. De un caldo de cultivo que se alimenta de la desconfianza, de la frustración y de la necesidad de encontrar culpables rápidos a problemas complejos. Un clima que termina justificando lo injustificable y que va erosionando, casi sin darnos cuenta, los pilares de la convivencia.

Por eso, lejos de despacharse con sarcasmo o sospecha, la propuesta de crear un observatorio sobre el odio merece ser tomada en serio. No como una solución mágica ni como un instrumento partidista, sino como una herramienta para comprender, medir y anticipar una realidad que ya está aquí. Nombrar el problema, analizarlo con rigor y generar conocimiento no es censura ni exageración; es prevención democrática.

Quizá el verdadero riesgo no sea mirar al odio de frente, sino seguir negándolo o utilizándolo como munición política. Porque mientras discutimos quién odia más, el odio sigue haciendo su trabajo en silencio, ganando espacio allí donde la política renuncia a pensar en común.

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