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Opinión

El libro de papel resiste al tiempo

El refugio que ofrece José Antonio González en la calle de La Merced

José Antonio González no se da importancia, y tal vez por eso la tiene. Pasa las tardes en la calle de la Merced, en un local que durante años fue almacén de muebles y que ahora guarda otro tipo de peso, más silencioso y más duradero: cerca de tres mil libros de viejo, alineados sin alardes, esperando manos y ojos. Lleva siete años allí, sin prisa y sin ruido, como si siempre hubiera estado.

Abre a las cinco en punto, puntual como un campesino con el sol, y cierra los sábados. No por desgana, sino por respeto: también los libros –dice– necesitan su respiro. Dentro hay de todo. Novelas gastadas, manuales olvidados, tomos que rondan el siglo de vida y conservan todavía el olor de las casas donde fueron leídos. Cada ejemplar trae consigo una historia que no siempre está escrita.

José Antonio habla poco y observa mucho. Atiende sin empujar, recomienda sin imponer. Cree, con una fe tranquila, que leer abre la mente y afina el juicio, como el campo enseña a mirar el cielo. Lo dice sin consignas ni frases rotundas, como quien constata un hecho probado por los años.

El libro digital está ahí, reconoce, y no lo combate. Pero el papel –afirma– es otra cosa. El papel se deja subrayar, doblar, heredar. Aguanta el paso del tiempo como el sol, el agua o los buenos amigos. Nunca pasará de moda la lectura, asegura, porque siempre habrá alguien que necesite entender un poco mejor el mundo y entenderse a sí mismo.

En su librería no se grita ni se corre. Se entra despacio. Se hojea. Y a veces, sin saber cómo, uno sale con un libro bajo el brazo y la sensación de haber encontrado algo más que un objeto: un refugio breve, pero firme, en mitad de la ciudad. n

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