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Hábitos antroxeros

Llega el carnaval sin miedo a esquivar la polémica. En un mundo que coquetea día sí y día también con Don Carnal, no faltan quienes invocan a Doña Cuaresma envueltos en una moral raquítica y performativa que se quiere grande y libre. Un juicio arbitrario que olvida a quienes apenas llegan a fin de mes y escatima el derecho a un proyecto de vida a quienes huyen del dolor, la injusticia o la desigualdad.

En la vida pública, que intenta seducir vía titulares y actualizaciones de estado a futuros votantes, una posición firme y decorosa. En la invisibilidad del día a día, de la lucha contra las injusticias que se viven en la cotidianeidad de tantas personas, una ausencia alarmante. No se puede estar en misa y repicando.

En poco tiempo nuestra ciudad se ha llenado de posiciones de fe. De hábitos va la cosa. Entre burkas y túnicas a uno le cuesta entender lo que de verdad importa. En algo encontramos cierta coincidencia: lo importante aquí es prohibir. Y curioso. Prohibir en favor de aquello en lo que yo creo.

Se prohíbe la risa cuando incomoda, la sátira cuando señala, la crítica cuando intenta abrirnos los ojos ante la realidad que nos rodea. El síndrome ofendidito se democratiza, se examinan los disfraces como si escondieran delitos y se escruta el ingenio popular con una severidad que rara vez se aplica a quienes gestionan lo común. Resulta llamativo que la moral se active con tanta rapidez ante una sardina y permanezca adormecida frente a la desigualdad estructural, la precariedad cronificada o la falta de oportunidades.

El Carnaval, con su exceso y su ironía, ha sido históricamente un espejo deformante que devuelve a la sociedad una imagen incómoda pero reveladora. Un despertar popular necesario. Durante unos días se invierten los papeles, se caricaturiza el poder y se exageran las contradicciones colectivas. No para destruir, sino para ventilar. No para humillar, sino para recordar que nadie debería tomarse tan en serio como para quedar a salvo de la broma.

Quizá por eso incomoda. El disfraz iguala, la máscara libera y la rima sencilla puede condensar verdades que el discurso solemne evita pronunciar. Un bálsamo que nos permite soportar mejor nuestras propias miserias.

Frente a esta esquizofrenia, nuestras calles se llenarán desde hoy de grupos, charangas y familias que azuzarán con picardía y gracejos en forma de disfraces, rimas y denuncias. Un canto libre para afrontar con una sonrisa la frustración acumulada durante el resto del año. Porque quizá el verdadero hábito que necesitamos no sea el de prohibir, sino el de convivir incluso cuando la música suena más alta de lo que algunos desearían.

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