Opinión | Reflexiones desde el oeste
Sembrar comunidad
El antropólogo Marc Augé acuñó el concepto de "no lugares" para describir esos espacios de tránsito que habitamos sin habitarlos: centros comerciales, estaciones, carreteras, espacios anónimos donde las personas pasan sin encontrarse, sin dejar huella y sin construir vínculos. Son escenarios funcionales, eficientes, pero desprovistos de identidad, memoria y comunidad. En ellos, la vida se acelera, pero rara vez se transforma.
Frente a estos no lugares, cada vez más extendidos en nuestras ciudades, emergen iniciativas que reivindican justo lo contrario: espacios de calidad donde el tiempo se ensancha, las relaciones importan y el cuidado se convierte en eje central. Lugares donde se aprende, se participa y se construye ciudadanía desde lo cotidiano. El huerto comunitario de la Fundación Mar de Niebla, en la zona oeste de Gijón, es un ejemplo claro de esta otra manera de habitar el territorio.
Allí donde antes había abandono, hoy hay tierra removida, manos diversas y conversaciones compartidas. Participantes de Mar de Niebla y personas mayores del ERA siembran juntas algo más que hortalizas: siembran comunidad. El huerto no es solo un espacio productivo, es un lugar relacional, intergeneracional y educativo. Un lugar con nombre, con historias, con afectos. Un lugar que se reconoce y se cuida.
En un contexto de emergencia climática, este tipo de espacios adquieren además un valor estratégico. Recuperar zonas degradadas, fomentar la agricultura urbana, reverdecer barrios y promover prácticas sostenibles son acciones concretas de mitigación climática. Pero su impacto va más allá de lo ambiental. El huerto comunitario actúa también sobre el tejido social, fortaleciendo la participación ciudadana y generando sentido de pertenencia en barrios históricamente invisibilizados.
A diferencia de los no lugares, donde nadie se siente responsable, estos espacios compartidos invitan al compromiso. Aquí no hay excluyentes: cada persona aporta desde lo que es y desde lo que sabe. Se aprende haciendo, se aprende conviviendo y se aprende cuidando. La tierra se convierte en aula, el barrio en comunidad y la acción colectiva en herramienta de transformación social.
En tiempos de individualismo y polarización, apostar por lugares así es una decisión política en el sentido más noble del término. Significa elegir el encuentro frente al anonimato, la cooperación frente a la indiferencia y la esperanza frente al abandono. Transformar un espacio olvidado en un huerto comunitario es, en realidad, transformar la mirada: pasar de los no lugares que nos desconectan a los lugares que nos sostienen.
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