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Opinión | Crónicas de barrio

Un año más

Tiempo de Cuaresma en un mundo que presume de grandezas

La Cuaresma llega sin hacer ruido, como llegan las estaciones verdaderas, y se instala en el alma con la discreción de lo necesario. Uno escucha en el evangelio que Él se despojó de su grandeza, y la frase no suena a metáfora, sino a hecho concreto: dejó el brillo para sentarse en el banco de madera donde nos sentamos todos. No vino a imponerse, vino a acompañar; no a exhibir poder, sino a compartir fragilidad.

Entonces comprende uno que la oración no es palabrería larga ni devoción aparatosa, sino conversación amigable. Rezar es quedarse un rato, aunque no haya consuelos, y sostener la mirada en silencio, como quien vela a un amigo enfermo. La oración despoja: deja a un lado el orgullo, la prisa, la agenda apretada, y admite que no nos bastamos por nosotros mismos.

La limosna, que otros llaman caridad para que no suene a moneda suelta, tampoco es gesto teatral. Es mirar al que pasa desapercibido y reconocer en él una dignidad que no cotiza en bolsa. Dar no es soltar lo que sobra, sino compartir lo que cuesta. A veces será dinero; otras, tiempo, escucha, paciencia o perdón, que resulta más difícil todavía.

Y el ayuno, tan mal entendido, no consiste en contar bocados ni en exhibir disciplina. Ayunar es ordenar deseos, decirle al cuerpo que no manda siempre, que hay hambres más hondas. Es hacer sitio dentro para que quepa otro y, quizá, para que quepa Dios.

Mientras el mundo presume de grandezas, la Cuaresma propone lo contrario: despojarse. Orar sin ruido, dar sin sin presumir, ayunar sin alarde. Y en esa pobreza elegida empieza a asomar una riqueza distinta, callada y firme, que sostiene la vida por dentro.

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