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Iván Álvarez Raja

De víctimas y verdugos

El silencio ante la injusticia no puede ser una opción a pesar de no saber de lo que se me acusa

Es difícil no escribir desde la tristeza, pero el silencio no es una opción, no puede serlo ante la injusticia. Más de treinta años de militancia en un partido progresista me enseñaron que defender aquello en lo que crees no solo es necesidad sino obligación.

En lo que llevamos de año, más de una decena de víctimas por violencia machista. Medio centenar en 2025. Una derecha ultramontana que niega el machismo y una juventud cada vez más alineada con las posiciones ultras. Definitivamente algo estamos haciendo mal. Es necesario corregir el rumbo.

Hablo en carne propia, horas después de que, como bien saben, mi nombre, mi cara, mi vida, sean arrastrados por decenas de medios y pseudomedios tras haber sido denunciado por un supuesto caso de acoso sexual. No me pregunten más. Tengo los mismos datos que ustedes. Ninguno.

Se me acusa de algo que no sé y por tanto no puedo defenderme. Y ni tan siquiera se me acusa en los tribunales ordinarios de justicia, que hasta donde yo conozco, son los únicos con capacidad de declarar culpables o inocentes. No. Se hace a través de un sistema interno y anónimo de una organización. Lo que no es ni interno ni anónimo es mi nombre, ni mi trabajo, al que como economista titulado accedí mediante convocatoria pública y que también acabo de perder de manera "cautelar". No me pregunten más. Se lo mismo que ustedes, es decir, nada.

Los protocolos que protegen la confidencialidad son positivos cuando ayudan a que las víctimas puedan encontrar amparo, y se puedan aplicar para evitar conductas indebidas que todos rechazamos. Pero cuando la confidencialidad opera solo en una dirección, supone un abuso y un ataque a la presunción de inocencia y a mi honor.

¿Quién y por qué filtró mi nombre? ¿Quién y por qué se ha preocupado de divulgar que estoy investigado por una supuesta inapropiada conducta sexual que ni siquiera yo conozco? ¿Sirve esto para ofrecer garantías a las posibles víctimas cuando la aplicación de los protocolos se convierte en un circo mediático para lanzar acusaciones infundadas? ¿O Responde a otro tipo de dinámicas internas?

Esta situación no es nueva para mí. Ya fui vilipendiado públicamente cuando tuve que someterme a una acusación de violencia de género de la que fui absuelto no una, sino dos veces. Lamentablemente la absolución no ocupó los mismos titulares.

Y eso no resta ni un ápice mi compromiso con la los valores de igualdad, feminismo y justicia social. Como tampoco resta a mi convicción de que la utilización espuria de este tipo de protocolos desampara, al final, a las víctimas, que desconfían de un sistema que las acaba deslegitimando.

Con el tiempo uno llega a comprender por qué el mejor profeta del futuro es el pasado, y se hace insoportable seguir en pie cuando ni tan siquiera tienes el derecho a la presunción de inocencia o al honor. Insoportable volver a pasar por lo mismo.

Quien denuncia ni tan siquiera ha acudido a los tribunales de justicia. Yo sí lo haré. Se lo debo a mi hija. El mejor legado que le puedo dejar es que por fin sepa quiénes son víctimas y quiénes verdugos. Al final, solo sé que no sé nada, como el filósofo, me toca tragar la cicuta de la impiedad, de la injusticia. Pero no va a ser así.

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