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Opinión | Crónicas de barrio

El Buen Suceso pertenece a la noche

La calle del Buen Suceso a las doce del mediodía parece una señorita bien educada: no levanta la voz, no interrumpe, no atropella. Todo discurre con esa cortesía urbana que ya casi no se estila. El sol de marzo—limpio, civilizado, casi inglés— cae con modales sobre las fachadas renovadas, y el cielo, azul intenso, parece recién planchado por el invierno.

Me cruzo con Gracia, jefa del hotel, capitana de esa nave discreta donde los huéspedes entran y salen como pensamientos breves. Al fondo, Casa Manuela se levanta detrás del cartel de “abrimos a las siete”, que recuerda su compañera La Vida Alegre, promesa de vida cuando atardece. El restaurante Gloria guarda sus mesas como si fuesen porcelanas, y en Tortillas Europa el aceite empieza a decir su evangelio dorado: huele a fritos, a pinchos, a patria chica.

Saludo al jefe de las Tortillas—siempre atareado en su propio laberinto— y no se entera. La prisa moderna tiene estas sordas elegancias. Natalia aparece paseando con Polo, que olisquea el mundo como si lo estrenara. El Alvoroto, a estas horas, está cerrado: el Alvoroto necesita noche, necesita entenderse con la luna.

En la terraza del Hotel vecino, una pareja de jubilados toma café y lee el periódico; el paisano fuma un puro con esa parsimonia que da cuando el tiempo lo tienes a favor. Son actores principales de esta mañana civil.

Pero el Buen Suceso no es calle de mediodía; es calle de atardecer movido. A las nueve noche la sangre le sube a las aceras, y los fines de semana estalla en movida ruidosa. Su esplendor —esa palabra con levita— pertenece a la noche, cuando los neones predican y la vida, por fin, se desata el pelo.

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