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Perrerías

La tramitación, en curso, de la nueva ordenanza municipal de Protección y Bienestar Animal nos está dejando algunos titulares y debates calificables, como mínimo, de curiosos. Vaya por delante que, aunque uno no sea tenedor de mascotas, siente el máximo respeto por quienes si lo son, aunque sin llegar tampoco a compartir esas pasiones de quienes las califican como “perrihijos”. Y también es cierto que, dado el número creciente de mascotas censadas en nuestra villa, la localidad debe resultar especialmente acogedora para la posesión animal; eso que los más cursis, utilizando un anglicismo, llaman “dog friendly”.

Pero en esa práctica de acoger y facilitar la tenencia doméstica de los llamados animales de compañía, tampoco convendría pasarse de frenada. Por más que la idea de tratar de arañar votos entre los crecientes tenedores caninos y mininos resulte tentadora. Pero por lo que uno ha podido pulsar entre la opinión de muchos ciudadanos, entre los que me cuento, la idea apuntada de permitir el acceso nocturno de perros a la playa de San Lorenzo, en plena temporada de baños, no ha dejado de percibirse como una ocurrencia bastante discutible y desafortunada.

Pensamos que la ciudad es bastante generosa permitiendo dicho acceso, sin restricción alguna, durante la mayor parte del año. Pero extenderlo, aunque sólo sea en horario nocturno, a los meses estivales, nos parece abrir un melón innecesario de conflictos y también, por qué no decirlo, de cierta insalubridad. De esa insalubridad que costó precisamente décadas vencer, con las cuantiosas inversiones en depuración de aguas residuales, que, cómo ya es tradición en esta villa, se vieron inexplicablemente pospuestas llegando a generar, por ello, abultadas sanciones europeas. Porque supongamos que todos los dueños son cívicos y recogen debidamente los “popós” de sus animalitos. Lo cual es mucho suponer, pues todos hemos visto inexplicables bolsitas abandonadas en escaleras y barandillas de la playa. Pero los “pipis” ya sabemos todos donde acabarán entre arenas y aguas de baño, como con palabras más poéticas nos recordara Becquer: “las lágrimas son agua y van al mar”.

Pero para colmo es que las propias autoridades municipales reconocen que se plantean cerrar el acceso canino a la playa del Rinconín, permanentemente abierta al mismo y también bañada por el mar, ante la creciente pérdida de biodiversidad causada por los citados “pipís” y “popós”. Ante tal llamada de alarma, parece un sinsentido pretender trasladar el problema a nuestra joya de la corona turística, la playa de San Lorenzo, y más en temporada alta. Nadie duda que los animales necesitan espacios de esparcimiento y solaz, pero habrá que echarle algo más de imaginación y sentido común al asunto, para tratar de encontrar alternativas verdes y alejadas de la arena, cuando el calendario aconseja no abusar más de nuestros principales recursos naturales y turísticos.

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