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Opinión | Comentarios al paso

El humus franquista

50 largos años después de la muerte del dictador, sigue discutiéndose la vigencia o no del franquismo, la existencia o no de un mantillo o de un poso o sedimento de aquel periodo funesto en nuestra sociedad. El fiscal Carlos Castresana afirma que “hemos vivido equivocados, pero ya no hay duda. El franquismo está y siempre ha estado ahí, como un monstruo dormido”. No se trata de una opinión cualquiera. El fiscal mencionado fue autor en 1996 de las denuncias que procuraron el procesamiento de los generales Videla y Pinochet y comisionado de la ONU en 2007 contra la inmunidad en Guatemala. Desde esa atalaya, acreditada por el conocimiento detallado de otros regímenes dictatoriales, se muestra convencido de que la huella del franquismo es más profunda de lo que sospechábamos. Pensábamos, dice, que el franquismo había desaparecido con la Transición o con la Constitución y no parece cierto. Es más, puntualiza que la dictadura no se hubiera mantenido tanto tiempo si millones de personas no la hubiesen apoyado por activa o por pasiva. Verdad es que franquistas activos había pocos, pero existía una mayoría silenciosa que, por miedo, consentimiento o por haber remontado apenas en los 60 la hambruna generalizada, apoyaba la dictadura. Añade que, como se sabe, muchos se reciclaron en UCD y más tarde en el PP; pero lo novedoso, por así decirlo, estriba en que personajes como José María Aznar o Esperanza Aguirre, por mencionar dos de los más relevantes especímenes representativos del franquismo sociológico, ahora se han desembarazado de lo políticamente correcto y aparecen, envalentonados, desmelenados, con fuerzas renovadas y descaradas.

Algunos piensan que, desde el franquismo para acá, existe en la sociedad española una especie de agujero negro, que aún no hemos acertado a taponar, que envenena las relaciones, que las distorsiona hasta tal punto que convierte a los adversarios en enemigos, que polariza hasta el extremo de transformar cualquier discusión en un asunto de conmigo o contra mí, de vida o muerte. A uno, que no cree en agujeros negros ni en fenómenos paranormales ni en explicaciones fantasiosas, le da por pensar que, efectivamente, algo raro nos pasa cuando, al cabo de tantos años, medio siglo ya desde la desaparición del dictador, a diferencia de Portugal, Francia, Italia o México, por recurrir a comparaciones de fracturas convivenciales parecidas, no somos capaces de convenir una fecha que recordar juntos, de reconocer un hecho histórico que celebrar juntos, de ondear una bandera que, en vez de dividir, una. Desconoce uno la razón exacta de tal panorama desalentador, descorazonador y le da por pensar que quizás se deba al guano de la herencia franquista que todavía (so)portamos.

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