Opinión | El disfraz de las mentiras
Instantes
Si pasas sobradamente los cincuenta años y tienes la fortuna de seguir compartiendo vida con tu padre y tu madre, sabes que más pronto que tarde las visitas a hospitales y centros de salud se van a convertir en algo habitual.“La vida cambia en un instante” escribe Joan Didion al inicio de su libro “El año del pensamiento mágico”. Un problema de salud de mi madre, que luego fue mucho más leve de lo que apuntaba, convirtió en secundarias preocupaciones cotidianas.
Mientras mi hermana y yo esperábamos noticias en la sala de espera un chico, acompañado por su pareja, lloraba. Pensaba mientras los veía que a nadie le resulta extraño ver a otras personas llorando en un hospital. Si las viéramos en la calle, en el trabajo o en una cafetería llamarían nuestra atención; en ese espacio no. Hablaba el poeta Ángel González de lugares propicios para el amor y quizá existan también espacios propicios para el llanto. Pensaba también (la cabeza tiene estas cosas cuando estás esperando) que si un día tuviera muchas ganas de llorar quizá una sala de espera pudiera ser un buen lugar para hacerlo, a salvo de miradas que se pregunten qué te está pasando o de curiosos que se acerquen a consolarte, o de familiares a los que no quieres preocupar. No sabía exactamente por qué mi mente se planteaba estas cuestiones y en cierto modo me avergonzaba de hacerlo mientras un hombre lloraba y nosotros esperábamos un resultado que no tardaría mucho en mostrarse positivo.
Me sorprende (y no debería hacerlo porque todas mis experiencias han sido iguales) el trato tan amable, cariñoso, cercano y humano del personal sanitario del Hospital de Cabueñes. No pretendo convertir mi experiencia en una regla universal, pero creo que es justo reconocerlo y dejarlo por escrito. “Tienes que escribir un artículo de esos tuyos del periódico para dar las gracias a todas las personas que me cuidaron”, me dijo mi madre cuando volvimos a casa días después. Yo le dije que no, que no podía convertir este espacio que tan amablemente me cede LA NUEVA ESPAÑA en un lugar para hablar de algo tan personal. Después fui hasta la farmacia a por unos medicamentos que les habían recetado a ella y a mi padre. Nueve cajas por las que pagué 6,73 euros.
Ese mismo día en el telediario escuché a un dirigente de cierto partido político renegando de los impuestos, y recordé a conocidos youtubers e influncers varios presumir de tener su residencia fiscal en Andorra. Me recordé también a mí mismo renegando cada vez que se acerca el temido mes de trimestre de los autónomos y pensé que quizá sí debería hacerle caso a mi madre y escribir un artículo en la segunda página de este periódico que cuente que la vida nos puede cambiar en un instante, y que en ese momento necesitamos de gente buena que nos cuide.
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