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Gracias a Fernando Ónega por su “gracias, Gijón”

Hace algo más de dos años, escuché por primera vez la carta que con el encabezamiento de “Gracias, Gijón”, le dedicó a nuestra querida ciudad y a sus gentes el maestro de la comunicación que fue Fernando Ónega, recientemente fallecido. Sus palabras, pronunciadas meses antes en la despedida de uno de los programas radiofónicos de “La brújula”, llegaron a emocionarme. Estaban llenas de lirismo y de un conocimiento profundo de lo que es la idiosincrasia gijonesa y de los hechos y los personajes más relevantes de nuestra historia.

Pienso que cuando el brillante analista hablaba de “ese Gijón que quiero”, o cuando asumía el adjetivo “gijonudos” para calificarnos, no lo hacía con una intención adulatoria, sino que sus palabras nacían de una cariño y una admiración sinceros.

La carta a Gijón de Fernando Ónega es una guía valiosísima para aquel foráneo que quiera conocer en poco más de tres minutos lo esencial de la capital de la Costa Verde y sus gentes.

Pero, para quienes nos sentimos de Gijón, la carta es mucho más: es una invitación a detenerte y valorar lo que tienes, y un estímulo para continuar en la brega, para seguir construyendo una sociedad abierta, acogedora y solidaria, y una ciudad que mantiene su belleza y su atractivo pese a los muchos atentados urbanísticos que ha sufrido y sigue sufriendo.

Quizá sea ese el mejor homenaje que podamos rendirle a este maestro del periodismo y de la palabra que supo ver en cada rincón que pisaba lo mejor de su paisaje y de su paisanaje, siempre con un espíritu constructivo. Así, lo mismo que definía a Gijón como “un milagro”, hablaría de la “belleza silenciosa” de Zamora, para la que pedía que España la escuchara. A Las Palmas de Gran Canaria le diría: “Todo en ti es una sorpresa”. A León le pediría que hiciera oír su voz para que “se encendiera la luz en su largo túnel”. A Oviedo, por cerrar esta selección, la bautizaría como “capital de la concordia”, y eso, para un hombre que la defendió toda su vida de palabra y obra, pienso que sería el título que más podía honrar a una ciudad.

Gracias, Fernando Ónega, por tu vida y por el cariño que mostraste hacia Gijón y sus gentes. Pensé expresarte mi gratitud el día que leí por primera vez tu carta, pero lo he hecho ahora, que ya no estás entre nosotros –o sí-. He cometido la torpeza de no hacer caso a mi madre cuando decía: “Los reconocimientos, en vida”. Confío en que sabrás disculparme.

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