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De la Catedral de Friburgo al Burj Khalifa

Hace años, cuando vivía en Estrasburgo, solíamos escaparnos hasta Friburgo, muy cerquita de Suiza. Era un placer pasear sus calles y tomar algo en la plaza, al pie de su espectacular catedral. Una catedral gótica de una sola torre campanario que, aparte de su valor histórico y artístico, es profundamente amada por los habitantes de la ciudad. Forma parte de su esencia; sólo se le acerca, como institución, la Universidad, que acogiera al fabuloso pensador Max Weber.

Dicen los de allí que cuando, al final de la Segunda Guerra Mundial, los aliados decidieron arrasar, es decir, dejar al ras, las ciudades alemanas mediante bombardeos de área combinados con los incendiarios -los nazis perdonaron a Roma y París- le llegó el turno a Friburgo, con preaviso, como ahora hacen los israelitas en Beirut, la gente se subió a las colinas para librarse de las bombas, y desde allí contemplaron como todo desaparecía bajo el infierno aéreo. Todo no, la catedral quedó intacta. Un milagro.

No había tal. El bombardeo de entonces no contaba con GPS ni satélites, y los aviadores necesitaban una referencia sobre el terreno. La aguja de la catedral era perfecta, por eso todo desaparecía a su alrededor, aunque no había milagro. Era la técnica de bombardeo de entonces.

Estos días es otra la técnica que impera, tanto para bombardeos, como para misiles, como para drones, y aunque los que más reciben son los iranís, estos también responden, incluyendo a sus vecinos del Gofo, como Dubái, que ha recibido diversos envites, aunque su principal aguja, el Burj Khalifa resiste impertérrito, y eso que algún bulo al respecto ha probado a decir lo contrario.

Los iranís lo han intentado, y es posible que insistan, pero el gran edificio parece intocable, y es que su valor no es religioso, como la catedral, pero sí de imagen, por ello en Dubái echan el resto, y dicen que, en el conjunto del Golfo, en los dos primeros días de ataques se han lanzado más misiles Patriot, 2.5 millones de dólares la unidad, que en los cuatro años de invasión en Ucrania ¿Será por dinero? ¿Será por Trump?

Detrás de las guerras, todas, hay motivaciones económicas, siempre, aunque se pueden esconder tras relatos de todo tipo que las justifiquen y que, con el paso del tiempo, los estudiosos suelen descubrirnos a la gente del común. En todo caso, el dinero no es eterno, y los arsenales tampoco, y ese majestuoso y esbelto edifico seguirá siendo una atracción para los drones y misiles mientras el conflicto perdure. Por otra parte, bajo el Burj, no sé si hay terrazas, pero me atrevo a aventurar que no habrá cerveza alemana. Ye lo que hay.

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