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Opinión | Crónicas de barrio

Ojeo de las hojas en la Biblioteca

En la biblioteca municipal de la calle Jovellanos número 23, el tiempo no corre, se deshoja. Son las doce y media y el silencio tiene una densidad de biblioteca antigua, de esa que se guarda con celo.

Los quince lectores que hoy ocupan las sillas son hombres y mujeres que ya han cumplido los sesenta, gente de una pieza, educada en el respeto casi religioso al recogimiento ajeno. Se mueven con esa parsimonia de quien ya no tiene prisa por llegar a ninguna parte, salvo al final de la columna del diario.

Presidiendo el centro de las mesas, como una vigilante silenciosa, se alza una dracena de ramas y hojas verdes. Sus hojas largas y arqueadas aportan una verticalidad viva que rompe la severidad de las estanterías de madera y el negro de las mesas.

Bajo el ala de los sombreros y las gorras, que muchos mantienen calados como si el orvallo gijonés fuera una amenaza persistente incluso bajo techado, se adivinan miradas de una atención severa. No hay aquí la ligereza del joven que picotea el teléfono; hay una entrega absoluta al papel, bajo el resguardo de la planta que parece observar el pasar de las páginas.

A la izquierda, la Enciclopedia Espasa vigila el paso de las revistas; a la derecha, la madera noble sostiene el peso de los clásicos. El cronista, en su esquina, lee la Nueva España, mientras toma notas.

 A mi lado, un lector avisa a otro con un leve toque de nudillos: es hora de partir. Se levantan, las sillas emiten su queja sobre el terrazo blanco y ellos, con elegancia, recuperan sus paraguas para volver a la calle de todos los días.

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