Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

La ideología de la inacción

Escuchaba ayer una tertulia que repasaba los asuntos más relevantes de nuestra ciudad. Era curioso escuchar alguna postura que defendía y justificaba la inacción de nuestras administraciones en asuntos como la movilidad o la vivienda. Los argumentos hacían quiebros al sentido común que me dejaban patidifuso. Un “storytelling” (como se dice ahora) que apenas se sonrojaba ante el devenir de la conversación.

Según este curioso relato, la mejor política es aquella que no molesta demasiado. No tocar nada. No incomodar a nadie. No alterar equilibrios que, aunque manifiestamente injustos o ineficientes, llevan años funcionando.

Porque decidir siempre tiene costes. Reordenar el tráfico genera protestas. Regular el mercado de la vivienda incomoda a determinados intereses. Apostar por un modelo urbano distinto obliga a asumir críticas y tensiones. Gobernar, en definitiva, implica elegir. Y elegir significa, inevitablemente, contrariar a alguien. Y cuando no hacemos, estamos eligiendo.

Frente a esa incomodidad aparece la ideología de la inacción. Una doctrina silenciosa pero eficaz que sostiene que cualquier problema complejo se resolverá solo si se le deja suficiente tiempo. “El mercado se autorregula”. Como si el mercado fuera algo abstracto garante del carácter distributivo que marca nuestra constitución.

Si los alquileres suben, ya bajarán. Si el tráfico se colapsa, la gente se adaptará. Si los jóvenes no pueden acceder a una vivienda, quizá deban replantearse dónde y cómo vivir.

Todo queda así envuelto en un discurso aparentemente técnico, lleno de cautelas y de apelaciones a la complejidad. Un lenguaje que parece responsable, plagado de informes, diagnósticos y mesas de estudio, pero que muchas veces solo sirve para justificar que nada cambie. Mientras tanto, los problemas se enquistan, se normalizan y acaban formando parte del paisaje cotidiano de la ciudad.

Lo paradójico es que la inacción también es una forma de actuar. No hacer nada ante determinados procesos no significa neutralidad: significa aceptar que las cosas sigan evolucionando en la misma dirección en la que ya lo están haciendo. Y cuando hablamos de vivienda, movilidad o planificación urbana, esa dirección suele beneficiar siempre a los mismos.

Las ciudades que hoy admiramos no se construyeron desde la resignación. Surgieron de decisiones políticas valientes, de apuestas estratégicas y de administraciones que entendieron que gobernar no consiste en gestionar inercias, sino en orientar el futuro. Detrás de cada transformación urbana relevante hubo conflictos, críticas y resistencias. Pero también una voluntad clara de mejorar la vida colectiva.

Quizá el verdadero debate no sea técnico, ni urbanístico, ni económico. Quizá sea mucho más simple: decidir si queremos instituciones que administren lo que pasa o instituciones que se atrevan, con mayor o menor acierto, a cambiarlo.

Porque al final la ideología de la inacción tiene una gran ventaja: nunca se equivoca. Pero también una certeza: nunca cambia nada.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents